"Lo propio es la poesía"






Los libros que nos acompañan e iluminan nunca se cierran del todo. Son esa ventana, puerta, umbral que nos espera mientras el tiempo los cambia. Los libros trabajan a su singularísimo modo y saben convertirse en lo necesario en el momento justo. No los buscamos, llegan. Los lectores lo sabemos y por eso no desesperamos cuando pasa un tiempo sin que un libro nos atrape. Cuando se lee por necesidad, porque el cuerpo quiere más y pide guerra, porque las páginas cortan por lo sano con el día y nosotros, no sólo se lee, se vive. De una forma tan otra que no merece la pena tratar de explicarlo. 

Natalia Romero ha sabido convertir esas certezas en un modo de ser y estar en el mundo. 

“La escritura fue y sigue siendo la única manera de llegar a mi hondura, a mi intimidad. En ese encuentro hay un pasaje que tiene que ver con lo que no se controla. Con los sorprendente. Lo desprendido, lo libre.”

Su conciencia del valor de la palabra escrita y de la poesía como un alambique donde obtener eso que no se sabe buscado hasta que se encuentra, guían el impulso tan académico como vital de El otro lado de las cosas. La poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi. En menos de cien páginas la autora proporciona no sólo un análisis donde confluyen las pertinentes referencias de su marco teórico – Simone de Beauvoir, Clarice Lispector, Hélène Cixous, Judith Butler, Lourdes Benería, Lucy Irigaray, entre otras – sino algo más importante: semillas. El libro está concebido no como un alarde de desempeño teórico, sino como un jardín lleno de ideas a cuya sombra se nos invita a sentarnos. 

El núcleo del ensayo es una entrevista con la propia Bellessi, un encuentro de domingo con asado y perros dando vueltas, que transcurre en una cocina, lejos de toda pretensión de pompa y muy cerca de ese “otro lado de las cosas” que ambas habitan en la escritura. 

Ante el interrogante de si la teoría queer podría estar presente en su poesía sin enunciarse, Bellessi responde: “No, no creo. Estoy más cerca de la gente de clase baja que no piensa en nada de estas cosas. Coger, comer, cuidar a los niños. La vida es eso. Nada que ver con las teorías. Pasé por mi período de militancia lesbiana feminista y cuando me acuerdo me muero de aburrimiento. La traje de Nueva York para acá y no había nadie con quien hablar, hasta los 80 en que escribí algunos textos que vos habrás visto que están enmarcados por esto. Es parte de mi recorrido. ¿Pero no es esto mucho más humano? Esto, estar acá en la casa con el Sebastián, con los perros, los bichos.”

Con idéntica rotundidad afirma que el hombre se comió a la mujer “durante toda la historia de la humanidad escrita.” 

Subraya Romero la importancia de la poesía como encuentro. Encuentro, en primer lugar, con la propia voz como “única posibilidad de comienzo”, pero encuentro también con lo ajeno asumido como propio. 

Quizá sólo eso sea la literatura, la continuidad de una voz heredada que integramos hasta. Esa voz capaz de observar el mundo para ver aquello que (no) fue, lo que debería ser y lo que en sueños o pesadillas, termina(rá) siendo.

Romero habla de la restauración de la voz femenina en la misma línea que Alicia Genovese desarrolla en La doble voz, esa existencia que resiste doblegada bajo el peso de los determinantes ideológicos, sociales y culturales, y que en la literatura adquiere una entidad renovada donde recupera el sentido, no tanto perdido, como silenciado.

“En el detalle de lo ignorado titila lo que guarda sentido verdadero.”

La poesía se ejerce y disfruta como un ámbito de resistencia y (re)construcción. Un tiempo y un espacio donde detenerse y discernir que todas las lecciones están por darse. Nada termina de ser dicho. Mucho menos escrito.

“Lo que hay que superar es el anclaje de un sistema semiótico”, afirma la autora al referirse a la construcción de género, pero bien podemos prestarle ese deseo de superación a la inmensa mayoría de los ámbitos que nos rodean. El desempeño artístico se vería muy beneficiado.

Natalia Romero logra mucho más que una aproximación a la figura de Bellessi, la poeta es una excusa-madre, generadora y nutriente, en cuya compañía pueden explorarse los aspectos vitales de la escritura, entendiendo ese quehacer como una conquista cotidiana, una campaña heroica que nunca termina ni se gana. Una lucha constante en dos frentes: la búsqueda de la voz propia y su salida a un mundo empeñado en silenciarnos. Lo emocionante de su propuesta es la calidez que palpita entre líneas asegurándonos que no hay necesidad de emprender esas batallas en soledad. 

“Aceptar al otro es devolverse a uno lo propio.”


m.trigo




El otro lado de las cosas. La poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi
Natalia Romero. Ed. Título. Recursos Editoriales. Buenos Aires, 2017. 

Esto que hacemos









Este empeño por seguir en lo que somos. Llámese como sea. En este espacio el teatro es el arte más citado pero, en gran medida, lo es porque en él coexisten los demás. El escenario puede ser un campo de pruebas para todas las disciplinas, un lugar de encuentro, un territorio otro, nuestro, abierto, ilimitado, sin banderas, donde nos sabemos compartiendo credos y fórmulas tan frágiles que en cualquier momento podemos y debemos romper para favorecer quién sabe. Tenemos la inverosímil fortuna de haber encontrado una forma de darnos sentido, de significar. Y la necesidad, no sólo el deseo, es tan grande, que sabemos que no hay forma de evitarnos. No queremos evitarnos. No es mucho saber, pero en los tiempos que corren, la certeza de sabernos necesarios, la posibilidad de vernos como una luz, una voz, mínima, por supuesto, pero luz al fin, voz al fin, no es menor. Y no es un privilegio, sino una responsabilidad. Una de esas responsabilidades a celebrar, de las que humanizan e integran lo mejor de esta especie maligna. Tenemos la posibilidad de ser luz y voz en tiempos en los que todo ensordece y ciega. 

De algún modo ya estuvimos acá, ya vivimos lo peor de todo esto. Nos prometieron y prometimos que esta oscuridad no volvería, pero. Acá estamos. Rodeados de cursivas, comillas y paréntesis para contextualizar de un modo justo, operativo, didáctico, un modo políticamente correcto, nuestro día a día. Lo inestable del mundo se subraya con sangre fresca. Nadie podrá decir que no lo vio, que no se enteró. No. El desastre está fuera y acá, al alcance de un clic. Nos alcanza a todos. Nos lastima y pertenece. La cuestión, la única quizá, es qué hacer con él. Con su repercusión en nuestras vidas. Qué hacer ahora. Qué hacer de nuevo. Cómo insistir. La respuesta no es otra que insistiendo. Hay que escribir, pintar, hacer música, tomar fotografías, actuar, bailar y... hasta el final. Nuestra práctica, nuestro desempeño como artistas saldrá favorecido, pero la urgencia es otra. Hay que escribir para no callar, hay que hablar para no callar, hay que señalar cuando no nos queden palabras. Mostrar, abrir, desnudar la evidencia una y otra vez. Nuestra amorosa tarea como artistas acompañará el desastre, se nutrirá de él, nuestras obras caerán en el caos y pasarán desapercibidas en medio del dolor, pero serán parte. Tenemos que seguir siendo parte. Accionar desde ahí. Con lo que tenemos, con lo que sabemos. Alejémonos de todo cuanto ningunea nuestra labor. Ventilemos, abandonemos, cambiemos de lugar, de ideas, probemos otra cosa. Quién sabe. No encontraremos respuestas. Y si aparecen, desconfiemos. Desconfiemos de la certidumbre y la verdad. Dudemos incansablemente. No dejemos de preguntar, de aprender a preguntarnos. Qué no hemos hecho aún. Qué más podemos hacer. Y cómo. 

Si nunca hay tiempo, este es el mejor momento. Todo lo que aún podemos decir, pensar, sentir, debe ser. Quizá mañana todas nuestras limitaciones de hoy nos parezcan libertades. Tenemos miedo, sí. Pero no sólo. Por eso, de algún modo, llegamos acá, hacemos esto, encontramos el modo. Lo inevitable encuentra su camino. Nada evitará el mal, pero lo que hagamos para enfrentarlo, lo que hagamos con y pese a él, lo que logremos, será lo que ayude. Ojo, lo que ayude. Nada nos salvará. Ni nadie. Pero mientras seguiremos haciendo todo lo que sea necesario para. 

Canción





"Si no os hubiera mirado, 
no penara
pero tampoco os mirara. 
Veros harto mal ha sido,
mas no veros,
peor fuera, 
no quedara tan perdido,
pero mucho más perdiera." 

Juan Boscán 




No he de querer ya soñarte
aunque incendiara al llorar
cada huesito al marcharte
no te volveré a besar.

Ahora que la noche llega
y que quisiera escucharte
en la puerta de mi alma
no has de venir a pararte.

No he de robarte la sombra
aunque fuera pá coserte
el corazón que me nombra
cada vez que va a lloverte.

Ahora que el camino alumbra
la luna que bien te entiende
no seré yo quien descubra
que quien te adora se pierde.

No he de poder ni mirarte
aunque quiera que me duelas
aunque quiera que me mueras
no he de saber yo olvidarte.



m.trigo

Miedo







Qué sentimos cuando. 
Dónde mierda comienza. 
Exactamente. 
Y cómo erradicarlo. 
Si es posible. 
Quizá hasta sea un bien
de los malditos.
Una necesidad. 
Sin miedo no sabríamos
qué cosa. 
Igual que sin dolor
no se podría estar. 
El miedo quizá sea 
una función y forma
con sentido. 
Común de tan vulgar. 
Pero tan propio.

Mío. 

El miedo a la verdad, 
a llamar a las cosas 
por su nombre 
y matarlas del todo 
y para siempre. 
El miedo a pronunciar 
lo innecesario. 
Derrapar explicando 
un sentimiento 
o una puesta de sol. 
Traicionar a la luna 
llamándola satélite. 
Querer tener razón 
a cualquier precio. 
Miedo a que la razón 
también sea un invento, 
una palabra torpe 
que debo interpretar 
como una resonancia 
de quién sabe qué parte 
del alma perseguida. 

Miedo atroz a perderme 
y amanecer un día 
convertida en estúpida 
certeza. 

Entonces. 

No temer. 
Abrazar cada duda razonable. 
Permitir que el error 
nos atraviese 
como espada enemiga 
a la que agradecer 
la cicatriz mañana. 

Saltar para que al fin 
el cielo caiga. 

Cómo explicarte esto.




m.trigo

AM3R / INT. NOCHE





Ella nunca fue joven y, desde el principio, supo demasiado. Por eso casi todo. No obstante, algunas veces juega a asomarse a la ventana y concebir un mundo diferente donde lo cierto es sueño y tiene alas sin precio. Esos días o noches considera posible que el amor, por ejemplo, no sea un cuento triste o chino o imposible. Comienza por cambiarle los colores, la forma y el apuro. Acto seguido lo bendice y reparte en dosis inexactas sobre flores, hormigas y luciérnagas. Confía en las especies y en la cepa del virus que los hará posibles. El amor a su cargo es otra cosa. Mucho más parecido a una estación de tren que a un ministerio. Su alcance es desmedido y afecta, sobre todo, a quien no se acostumbra ni pide estupideces o aspira a ser feliz. El amor que ella expande se cura con dos hostias y una noche de sueño. No deja cicatrices ni recuerdos. No se parece en nada a un perro fiel que vuelve o a un domingo de almuerzo familiar. Ella piensa que el amor debe estar harto de ser corresponsal de insensateces y de ser una excusa para el dolor idiota. La práctica de amar debiera ser materia obligatoria e incluir lanzallamas y hecatombes. Debiera ser un corte original, profundo, junto a la yugular. Un antes y un después de esa canción, un avión secuestrado que se estrella en la selva para aliviar el hambre de una tribu caníbal a punto de extinguirse. El amor que ella sueña para el mundo no se parece en nada a eso que ve en las calles o en el cine. No es algo que interese a los turistas o a los extraterrestres y no puede explicarse a los amigos o a los terapeutas. No es algo que alguien vaya a interpretar. Ella se morirá sin traducirlo. 



m.trigo

Recuerdo de lluvia





La lluvia y otras cigüeñas fue una obra que supimos ensayar y estrenar en 2010. 

Hacían llover y actuaban Lorena Barutta, Clarisa Hernández, Paloma Lipovetzky, Nadia Marchione y Francisca Ure. Sol Soto y Luciana Sanz cuidaban la magia. Las voces eran cinco. Ellas nunca tuvieron nombre. Cantaban. Y quizá predecían el futuro. 

El texto decía cosas así. 


**


UNA: Cuando la lluvia se detuvo llegó el silencio. Ese silencio que dicen que enloqueció a tantos. No llegaban los murmullos del bosque y las que fueron hasta el río dijeron que había enmudecido, era como mirar un cuadro apenas y todo estaba muerto alrededor. Se pensó entonces que aquello era un castigo: la lluvia y el silencio. Pero jamás llegó nadie a explicarnos el sentido de la lluvia y de sus muertes, la razón de la locura o el silencio. Jamás se aclaró nada. Repartimos la culpa igualmente. Así era más sencillo para todas.







Dos ante una cuna.

- Parece un pescado.
- Un ciempiés.
- Una mariposa herida.
- Un conejo tonto.
- No hace nada, no dice nada.
- No lo necesita.
- Nadie lo necesita a él.
- Pero él no lo sabe.
- Lo sabrá. No todos van a mentirle siempre.
Se burlan.
- ¿No es la criatura más hermosa que hayas visto?
- ¡Ay, cómo se parece a la mamá!
- ¡Ay, cómo se parece al papá!
- No, no. Es idéntico a su abuelo antes de morir.
Pausa.
- Mira cómo duerme.
- Mira cómo mira.
- Mira cómo muere.
Pausa.
- Es inútil. Me aburre.
- Vos fuiste igual de inútil alguna vez.
- Sigo siendo inútil.
- No. Innecesaria.
Pausa.
- Parece una gaviota.
- Un puercoespín.
- Un centauro cojo.
- Exagerada.

**

UNA: Nadie sabe cuánto duró. Días que fueron semanas que llegaron a meses de a poquito. El sentido del tiempo se perdió, quedó tan embarrado como el resto. Recuerdo que respirábamos como peces, hasta los pulmones se pusieron verdes. Ah, y el color de los ojos nos cambió. Se oscurecieron los claros, se aclararon los oscuros… Como si fuera un capricho de los espejos, como si estos recordaran su pasado de agua y se sumaran a la burla. No se tenía hambre. Pronto se pudrió todo: la carne, la reserva de nuez, hasta el vino de la bodega se echó a perder. La harina y la sal se humedecieron. Nos quedábamos quietas. Ahí, sentadas en el patio, viendo caer la lluvia interminable que en un rato era helada y luego tibia. Y no paraba nunca. Te hechizaba. Era como en la hoguera, sólo que el fuego termina por morirse si no se alimenta y la lluvia no sabíamos pararla.
Todo nos lo deshizo. Algunas casas no hubo manera de componerlas de vuelta. La que pudo se mudó para otro lado, pero muchas se marcharon por los bosques y no regresaron. La locura de la lluvia no es sencilla. A todas nos enfermó. Del corazón, los ojos, la palabra.






OTRA: Después de lo ocurrido las cosas no cambiaron demasiado. Es raro de explicar y es del todo imposible que lo entiendan los que no estuvieron, los que vienen de paso, y piensan que la vida transcurre como siempre, que está el lunes después de los domingos y el viernes sigue al jueves mansamente. Es imposible, digo, del todo incomprensible para aquellos que siguen con sus sueños, que aún tienen esperanza. Nunca lo entenderán.

UNA: Las que vivimos la época de lluvias entendimos de pronto que el tiempo es un invento extraño, que ya no sirve más. Alguien lo ha roto. No hay un buen momento ni una hora mejor del día. Cada uno tiene un número asignado y, desde la lluvia, la suerte gira cada vez más deprisa. Y hoy sí, hoy aún tienes aliento pero mañana nadie sabe, en unas horas, nadie sabe, a medianoche, quién te dice.

OTRA: Sí, nada fue igual desde la lluvia para nadie. Ahora se esperan pocas cosas. Se esperan sin que se note, como si no, como si la espera no fuera con una, como si todos los deseos hubieran desparecido con el agua de esos días.

UNA: No es tan malo. Se está más tranquila. Se duerme mejor y a cualquier hora. Claro que es un poco triste, sí, pero la vida nunca fue una fiesta por acá, ya me entiende. Estamos acostumbradas a la tristura como estamos acostumbradas a la muerte. Las cosas son así. Los días siguen. La suerte gira. La vida cansa.

TODAS: Lo que tenga que llover, que llueva.







UNA: Llueve desde hace tres días. Tres días enteros de lluvia. Dale que dale con el agua. Ayer la niña cantó: que llueva, que llueva… Y le di un bofetón como es lógico. La niña algunos días parece idiota. No se nos parece. No sabemos a quién ha salido. De quién es. Ahora no está. Debe andar perdida pero volverá. Tarde o temprano siempre la devuelve alguien. Los desconocidos son amables. No deben tener nada que hacer y pierden su tiempo con la niña perdida. La traen hasta aquí.

No, nos habíamos dado cuenta. Sí, lo hace a menudo. Cosas de ella. Sí, es seguro que  volverá a pasar. No podemos estar todo el día vigilándola, aquí tenemos cosas que hacer, ¿sabe? No podemos encerrarla en el armario tampoco. Nos han dicho que no se hace. No se preocupe usted tanto, siempre la encuentra alguien, ¿ve? Usted la trajo y ella está perfecta. No le falta nada. No, eso ya lo tenía. Le digo que sí, ya lo tenía, nunca fue una niña linda, es la verdad.

A nosotros no nos importa demasiado. La niña, digo. Ni la niña ni otras muchas cosas. No tenemos tiempo para que las cosas nos importen, para preocuparnos de lo que no tiene solución. Algunos vienen hasta acá y te cuentan, hablan sin parar sobre quién sabe, sinsentidos hablan. Pueden hacerlo durante horas mientras nosotros seguimos a lo nuestro. Si paramos, habrá más trabajo para luego, se terminará más tarde, será peor para todos. No merece la pena detenerse a escucharlos. Igual ellos pueden hablar sin que los miremos siquiera. Son de los que no hacen otra cosa. Por ahí sólo saben hablar, puede ser. Algunos sólo sirven para hacer una cosa. Nosotras tenemos suerte. Suerte es una de esas palabras que se les escaparon. A veces funciona como un consuelo y otras no quiere decir nada. Cuando digo que tenemos suerte trato de consolarme pero no sé si lo logro.

No llovía así desde los funerales así que andamos todos pensando en muerte. En quién se habrá ido y de dónde. A dónde no nos lo dicen y tampoco importa. “La lluvia es algo que sigue sucediendo en el pasado”. Uno dijo eso. O algo parecido. Lo escribió. No debía tener una niña perdida el que tenía tiempo para escribir. Ahora no se puede. Ni papel queda. Y si aparece un trozo a nadie se le va ocurrir escribirle nada encima. Suponiendo que alguno escriba. No lo creo. Hay muchos que hablan, sí, porque tienen tiempo o porque, pobres, no saben hacer otra cosa. Pero eso de escribir, no, no he visto a nadie que lo haga. A lo mejor a escondidas. A escondidas se hace casi de todo.

Si sigue lloviendo así van a morirse otros cuantos. De asco. De aburrimiento van a morirse. Porque mientras llueve no hacen nada, se quedan ahí mirando esa agua rara, loca y sucia que se pierde por adentro de la tierra, que rompe todo, que lo quiebra. Ahí es donde comienza a aparecer la muerte. Todos se acuerdan de los funerales porque fueron días y noches de agua, de miedo y de algunos que lloraban sin parar hasta que otro los callaba. Yo creo que la niña no se acuerda de los funerales. Puede que en esos días también se perdiera y por donde estuvo no pasaron. Por eso se puso a cantar lo de la lluvia. Nunca se sabe, nunca se sabe si las canciones funcionan. Son otra cosa rara que no se entiende mucho. A vece parecen buena cosa pero no hay modo de estar seguro. De todos modos, sólo a la niña podría ocurrírsele eso de cantar como si nada y le di un bofetón como es lógico.









Y mentirte, mentir un poquito
y mentirte, mentirte de veras
y mentirte, mentir muy bajito
y mentirte, mentir aunque duela,
aunque muera por dentro, por vos.





Fotos: Giampaolo Samá / Gráfica: Dalmiro Zantleifer
Texto y dirección: Macarena Trigo

#Maldonado




Mi relación con Argentina, con Buenos Aires, comenzó a fines del 2001. Justo entonces. Mientras el caos de esas terribles fechas la situaban en el panorama mediático internacional del peor de los modos, yo, sin saberlo, comenzaba a orientar mis pasos hacia acá. En estos años aprendí muchas cosas de los porteños. Sobre todo aprendí la necesidad y la importancia de amar lo que se hace. Sea lo que sea. A la luz del desgobierno de Macri, las coordenadas de mi experiencia dejaron de ser fundamentalmente creativas para teñirse de eso que, a falta de otra palabra mejor, denominamos "política". Cada pequeño gesto se convirtió en hazaña: pagar el alquiler y los servicios, tener algo en la heladera, seguir ensayando, escribiendo, dando forma a proyectos donde el futuro aún es posible... La sinrazón del cotidiano, eso que tantas veces llena de insatisfacción, ha pasado a dar sentido. Sólo en nuestra ocupación, ese oficio mínimo, compartimos algo parecido a una esperanza. Mientras sigamos reuniéndonos en plazas, librerías, salas de  teatro, mientras haya algo que leer, cantar, pintar...Algo que nos humanice y nos permita mirarnos a los ojos sin vergüenza por la especie, estaremos vivos. No a salvo. Pero vivos. 

La desaparición forzada de Santiago Maldonado es para muchos la gota que colma. Para otros tantos, sin embargo, apenas es una anécdota bizarra, una distracción. Son muchos los que no saben, los que niegan y los que eligen no saber. Para los que sabemos y elegimos saber y que nos duela, para los que supone un miedo renovado y una impotencia inmensa, el día a día se ha convertido en un extrañamiento perverso. La capital no se detuvo, el país no se detiene y el mundo sigue. Maldonado es el ausente, pero todos somos los borrados. Borrados porque nuestras manifestaciones no aparecen en los medios, borrados porque manipulan con descaro los acontecimientos, borrados porque pretenden que nuestra demanda es un capricho. Santiago no es un mártir o un fallo del sistema. Tampoco es un ejemplo. Santiago somos todos los que queremos serlo, los que tememos serlo. Santiago somos los que seguiremos preguntando dónde está. Los que no olvidaremos haber estado acá, en el momento exacto en que la Historia retrocedió y lo impensado se convirtió en un hecho. 

Hoy la tapa de Nación afirma: "El gobierno busca evitar que se expanda el caso Maldonado." El lenguaje nos (des)hace. Somos un virus. En nuestras manos está sembrar una epidemia. Humildemente, desde este espacio, nos invito al dolor de hacer presente a Santiago en cada pequeña cosa. Cómo venimos haciendo. Seguir haciéndolo. No rendirnos, no entregar la memoria. No ceder a la oscuridad aclimatada que imponen. Es tiempo de escribir para recordar, para no olvidar.




m.trigo


#SantiagoMaldonado #EstadoResponsable