25 años sin Fred



"Se le está cayendo el pelo. No sabe cantar. Baila un poco". Ese fue el brillante comentario de un ejecutivo made in Hollywood tras su primera prueba.

Esas gracias de la vida.

Deseo sincerísimo

Que la ira de los dioses antiguos de toda tradición, oriente y occidente, caiga sin miramientos sobre los pelotudos infrahumanos que siguen sin apagar los putos celulares. Que queden fulminados cuando suene su ringtone en medio de un teatro o un concierto. Y que a todos aquellos gilipollas que no pueden evitar mandar mensajes durante una hora y media se les caigan los dedos uno a uno.
Y a los de los caramelos otro tanto.

No vengan al teatro.
No vayan a conciertos.
Olvídense del cine.
Disfruten de sus casas.
Y no nos jodan más.

Si yo fuera otra



El momento en el que una canción nos traduce.

Y la certeza de que esa traducción sólo es posible porque alguien ahí afuera, en algún lugar, existe.

El arte de poner la mesa

Sobre el sueño de ser artista plástico podrían escribirse muchos libros llenos de pesadillas donde mueren algunos sepultados por todos esos plásticos que juntan, o bajo una avalancha de tergopol infame, o incluso se atragantan con el raro champán del momento del brindis de la inauguración. Deben tener sus miedos. Y hacen bien.

Ayer, por esas cosas de la vida y azares, amigos con lugares que habitar y otros tantos con ganas de llenarnos el tiempo de quién sabe, jugamos unas horas a ser del gremio plástico. Y en lugar de libro o cajitas de artista, nos mandamos con mesas.
Y de todo el proceso, rescatamos:

* Nada sirve para todo, pero todo sirve para algo.
* Son muy imprescindibles las excusas. Y nunca vienen solas. Hay que salir afuera y encontrarlas.
* El calendario vuela, importa, existe. Y hay que aprender a usarlo soplándole a favor.
* Siempre es un placer compartirse.
* La catarsis ES.
* El para qué no importa. Acaso el cómo.
* No hay un fin previsible.
* Aún es tiempo de cualquier cosa.
* No hay un único modo de hacerlo.
* La creatividad del azar puede tener su gracia, dar sus frutos. Sin abusar del uso. Como todo.
* No hay dolor que las artes no limiten.

Casi nada.

Gracias a M. Kusmuk por darnos una excusa razonable y a D. Zantleifer por jugarse y compartir.

Razones para amar a Ray Loriga

"Y aún así, Molly tuvo la sensación, antes de que a Arnold Grumberg le diera por no beber, de que el apuesto vendedor de pianos giraba la cabeza con demasiada frecuencia hacia su esquina de la barra. Y de eso, de ese simple gesto, había hecho Molly una historia de amor. Una historia de la que Arnold Grumberg no sabía nada pero que para Molly implicaba muy serias responsabilidades. El hombre que mira a una mujer, aunque sea una mujer muy vieja, ya no es libre de andar haciendo lo que le venga en gana".

"Pues claro que mamá es un mamífero", se dijo, y en eso le vino a la cabeza la imagen de su mujer embarazada como una vaca, a punto de dar a luz al pequeño Andreas y cómo, al hacer el amor con ella, había sentido en aquellos días una enorme preocupación por su salud mental, al reconocerse excitado y asqueado al tiempo por esas tetas inmensas y ese cuerpo inflado  pero robusto que guardaba dentro una réplica de sí mismo".

"¡Almodóvar!, grita entonces la zorra de mi hermana, como si fuera la consigna que abre las puertas del templo y todos, y cuando digo todos incluyo a un crítico de Cahiers du Cinema con un nombre muy gracioso que no consigo recordar, bajan la cabeza como si estuviera pasando un avión volando muy, muy bajo".

"¡Somos europeos!", le gritaba siempre Andreas Ringmayer III a Andreas Ringmayer IV cuando jugaban al fútbol en el parque. Andaba más que preocupado por la manía que tenía el crío de coger siempre la pelota con las manos. Andreas creía que lo único que le unía a Europa a estas alturas de su vida era ese hermoso juego que nosotros llamamos "fútbol" y que los norteamericanos llaman soccer. Es más, creía que había una relación directa entre la capacidad para controlar la pelota con los pies y un mayor grado de desarrollo neurológico".

"Irresistible", quiere decir, cariño, que cualquier hombre sin nada mejor que hacer te daría un repaso. Eso es todo".

"Qué cosas tan extrañas... Si el mismísimo demonio hubiese creado el mundo en seis días, no lo hubiera hecho mejor".

"El chico miró el reloj: eran más de las doce y media. Se sintió mal por haber faltado a la cita, pero enseguida se sintió bien por ser la clase de estrella que puede plantar al Vogue, y luego volvió a sentirse mal, aún peor que antes, por ser tan estúpido, y después pensó: "¡Qué carajo!", y luego se llamó imbécil dos veces, y luego se dio palmadas en la espalda para tratar de animarse, y así alternativamente, durante un buen rato, hasta que dejó de pensar en ello".

"- No me gusta la lluvia.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? Porque se me moja el periódico. No es nada psicológico".

"Su padre recordó entonces a la madre de Ramón y cómo se la había llevado la locura con la facilidad con que los huracanes se roban a los niños. A Esteban Romero le daba en la nariz que el loco de su hijo estaba tan loco como la loca de su madre y por eso sujetó la mano de Ramón como si se tratase de un crío a punto de salir volando. Ramón, por su parte, sabía que su padre no podía entender la importancia del momento. Su padre al fin y al cabo coleccionaba paraguas viejos y eso para Ramón ya lo explicaba todo".

Y más y mejor y en detalle leyendo El hombre que inventó Manhattan.*

* El Aleph ed. Barcelona, 2004.

Vuelve Sólo lo frágil




Una pieza de orfebrería. Un regalo. Una lección. Fuente de inspiración. Excelencia creativa y técnica.
Sobran los motivos para ver esta obra una y otra vez.

Regresa. Los domingos a las 17hs.
Imperdible.

Sólo lo frágil

Dirección: Luciana Dulitzky

Dramaturgia: Luciana Dulitzky, Paula Ransenberg.
Con: Paula Ransenberg.
Escenografía: Federico Ransenberg.

Diseño de objetos: Román Lamas.
Diseño de luces: Federico Ransenberg.
Diseño sonoro: Emiliano Álvarez.
Arte: Perla Álvarez.
Diseño gráfico: Andrea Carbonatto.
Asistencia de dirección: Carolina Fisscher
Producción ejecutiva: Carolina Fisscher

TIMBRE 4
Boedo 640.
Domingos 17hs.

Hopper


19 de octubre de 1939.

Querido señor Sawyer:

Me pide que haga algo que posiblemente sea tan difícil de hacer como pintar: esto es, que explique la pintura con palabras.

Para mí, la forma, el color y el diseño son simplemente un medio para llegar a un fin, las herramientas con las que trabajo, y no me interesan particularmente en sí mismas. Me interesa sobre todo el amplio campo de experiencias y sensaciones del que no se ocupan ni la literatura ni el arte puramente plástico. Deberíamos ser cautelosos y llamarlo la experiencia humana, para evitar que se confunda con lo puramente anecdótico y superficial. La pintura que trata exclusivamente con las armonías o disonancias de la imagen y el color me provoca siempre un rechazo. (...)

En todo arte hay tanto de la expresión del subconsciente que creo que la mayoría de las cualidades importantes se plasman de forma inconsciente y que pocas son el resultado de un proceso intelectual consciente. Pero todas estas cuestiones son materia para los psicólogos.


Ver: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8010-2012-06-20.html

Frecuencia Modulada

A vos, en las alturas.

El tiempo circular de los espejos insiste en tu reflejo cuando miro


Soy recuerdo o fantasma de alguien nuevo
a quien no reconoces todavía.

Paciencia silba el viento abriendo cielos.

Es temprano de arena en los relojes.
La casa es silenciosa.
Todos duermen y sueñan.

Vos también.

Aunque nunca me nombres en tus días
sé que tus huesos saben,
calientan mi deshielo
en días como éste
donde todo es azul y nadie llega,
nadie rompe el silencio
y la vida es un cuadro
del siglo diecinueve.

**

Cicatrizado el llanto los rostros son distintos

En regreso los trenes son más lentos,
los aviones retrasan su caída,
y las noches ignoran la prudencia.
No hay sombra que se alivie
cuando el sol la abandona,
ni tormenta de nieve
prudente en los caminos.
Así mi paso ahora,
a orillas de tu nombre,
nunca regresará
a esta mañana nueva
donde todo es posible
y sin embargo qué.
 
m.trigo.

Lunes o polaroids

No hay dos sin tres olvidos, amores o regresos. Canciones movedizas. Postales extranjeras. Ese azar de baúles donde el pasado late en páginas resecas. ¿Y si abrimos museos donde descanse el tránsito? Este cruce de trenes en medio de la noche debiera visitarse. Acaso así se entienda.


**

Estoy por despedirme de este oficio encontrado al borde de tu nombre. Ser voz en off de un cuadro tan abstracto agota los sentidos. Pero quizás alcance con una pegatina a tu costado. SIN TÍTULO. La fecha y algo técnico. Ellas vendrán lo mismo buscando tu belleza aunque yo no traduzca tu silencio. Y puede ser que vean colores diferentes.

**

El fugaz momento donde te oís pensar: "así que era ESTO". Y todo se desarma alrededor. Y te encajan las piezas de puzzles atrasados y la lluvia despeja la ecuación en sonrisa. Ese momento extraño donde somos posibles y felices, hoy se ve desde acá.

Asoma a tu ventana.

Justo enfrente.

**

Bradbury (1920 - 2012)

Todo empezó con Poe. Lo imité desde que tenía 12 años hasta los 18. Me enamoré de la joyería de Poe. Es un incrustador de gemas, ¿no? Lo mismo que Edgar Rice Burroughs y John Carter. Y los comics. Y los programas de radio imaginativos, especialmente Chandu, El Mago. Estoy seguro de que era bastante berreta, pero no para mí. Cada noche, cuando el show terminaba, me sentaba y escribía de memoria todo el guión. No podía evitarlo. Soy un conglomerado de basura pero también tengo mis amores “literarios”. Me gusta pensar que soy un tren que atraviesa Estados Unidos a la medianoche y conversa con sus escritores favoritos. Y en ese tren iría gente como George Bernard Shaw. Frost, Shakespeare, Steinbeck, Huxley, Thomas Wolfe. Cuando uno tiene 19 años, Wolfe abre puertas. Usamos a ciertos autores en ciertos momentos de nuestras vidas, pero con otros, el romance es hasta el fin. Thomas Mann, por por ejemplo. Leí Muerte en Venecia a los 20 y mejora cada año. El estilo es la verdad. Una vez que uno sabe qué decir sobre sí mismo y sus miedos y su vida, eso se convierte en el estilo de uno, y uno recurre a esos escritores que pueden enseñar las palabras para armar esa verdad. Yo aprendí de Steinbeck y de mujeres que amé locamente, como Eudora Welty o Katherine Anne Porter. (...)

Trabajaba en mi máquina de escribir, con la radio a todo volumen y mi hermano y mis padres hablando todo el tiempo. Después, cuando quise escribir Fahrenheit 451, fui a la UCLA y encontré una habitación de tipeo en el sótano; se insertaban monedas de 10 centavos en la máquina de escribir y así se compraba media hora de tipeo por vez.

Escribo todo el tiempo. Me levanto sin saber qué voy a hacer. Usualmente tengo una percepción al amanecer, cuando despierto. Tengo lo que llamo “el teatro de la mañana” en la cabeza, todas estas voces que me hablan. Cuando vienen con una buena metáfora, salto de la cama y las atrapo antes de que desaparezcan.
 
R. Bradbury.
 
Ver: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7993-2012-06-11.html

Alemania. El regreso del padre pródigo.


El humor de Alemania no es negro. Es ácido. Como corresponde a un universo donde todos "son rubios e indecisos". Alemania está llena de posibles improbables y pequeños delirios que arañan demasiado la puerta de cualquiera como para que sea sólo un muy buen chiste. Alemania es aguda. Y nos deja reír en la platea alimentando una inquietud que que late en cada escena y en esas transiciones que apuestan por la deformidad pesadillesca, ese espacio donde todo se dice sin palabras iluminando miedos ancestrales que nunca recordamos la mañana después.

Alemania habla del padre ausente. Del abandono egoísta en el que muchos encuentran su único camino para continuar. La figura paterna se nos tiñe de excesos. Un abuso constante de autoridad ridícula. El padre se fue hace veinte años. "Hizo su vida". Ahora está de regreso y su inserción en el cotidiano de esa familia a la que abandonó no puede ser más violenta. Por inesperada e insólita pero también por obviada. Está, de pronto, como si nunca se hubiera ido, como si el tiempo no hubiera pasado, en el dormitorio. Ese espacio íntimo donde tanto se comparte y transgrede. Ciatti alude apenas algunas de las muchas oscuridades que pueden esconderse bajo cualquier alfombra: la violencia, el abuso, una sexualidad incómoda y oscura...

El hombre es el rey de su casa. En Alemania el padre es un fantoche repulsivo que sólo ahí dentro, en ese dormitorio que siempre lo esperó, puede tener poder ilimitado, confianza, opinión. Y en el mundo, ese afuera lejano que se nombra (el club, Agronomía, es decir, Buenos Aires y Argentina, pero también Europa y una Alemania de postal alpina) el padre es alguien porque posee una gran fortuna. Quizá.

Ciatti no confirma ni niega demasiado y ninguno de los personajes inspira tanta confianza como para creer en su versión de los hechos. Sin embargo, la suma de todos ellos nos regala un cuadro de absurdo humanizado por su profundo patetismo.

La dirección apuesta por subrayar con acierto los rasgos más excesivos de los personajes y los actores ofrecen intensos momentos de precisión esperpéntica. Ivan Moschner, el padre, concibe una criatura inolvidable en una escala ascendente de manierismos y arrogancias con las que logra hacernos reír y ser profundamente insoportable al mismo tiempo. Ciatti añade música en vivo sumando un curioso refuerzo estético y unos guiños de humor muy interesantes para el espectador con los momentos de entrada y salida de su singular cuarteto de cuerdas.

Alemania ofrece muchos y distintos niveles de análisis, es una obra que puede verse muchas veces para prestarle atención cada vez a un factor distinto. Y eso, sin duda, es algo que el público agradece.


Alemania
Teatro Anfitrión

Venezuela 3340
Viernes 23.30hs.


Texto y dirección: Nacho Ciatti.
Actúan: Eugenia Alonso, Guido Botto Fiora, Ivan Moschner, Michel Noher, Florencia Zothner Ciatti.
Músicos: María Eugenia Amarilla, Estefanía Araoz de La Madrid, Olga Ileana Kneeteman, Natalia Macera.
Vestuario: Gabriela A. Fernández.
Escenografía: Mariana Tirantte.
Diseño de luces: Matías Sendón.
Realización de vestuario: Patricio Delgado.
Música original: Nacho Ciatti, Alan Haksten.
Fotografía: Francisco Iurcovich.
Diseño gráfico: Leandro Ibarra.
Asistencia de escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez.
Asistencia de vestuario: Belén González Chiappe.
Asistencia técnica: Nacho Bozzolo.
Asistencia de dirección: Gabriela Pastor
Prensa: Claudia Mac Auliffe.
Arreglos musicales: Alan Haksten.
Producción ejecutiva: Gabriel Noacco.

DE ABSOLUTA BELLEZA

esos días en los que pareciera que no sucede nada. miras por la ventana, el mundo sigue intacto y no te necesita. no importa si sonríes o en quién piensas. no importa si te llueve o sale el sol y el tiempo de relojes es distinto, es un raro misterio indescifrable. esos días, así, tan como este, decides confiar en el silencio y entiendes que allá afuera alguien te piensa aunque nunca lo diga, alguien te sueña, aunque no lo recuerde. el arte más efímero engendra la belleza perdurable. nos asombra. así puesta de sol, así los ojos de algún perfecto extraño que pasa y nos sonríe porque puede. así esta voz en off que te extraña hace rato pero que está aprendiendo lo fácil que sería nunca ser.


**

es algo de la música. las canciones de siempre. donde habita el recuerdo. esas canciones foto donde sos siempre joven y pareces distinto. quiero decir, feliz.

**

la huella de algún beso nunca dado. la fuerza del deseo por los bares. la vocación brillando. ese amor que no fue pero sigue creciendo bajo lluvia. tantísimos the end borrosos por el llanto. los retratos de damas de una corte de cuento. su rostro en tu almohada. la infancia recordada como sueño. la carta no enviada. tus manos en violín.

**
 
m.trigo

El blues de Laurie

Con el blues sentí que era algo muy lejano a mi experiencia. La primera vez que escuché blues no entendí mucho de qué se trataba, pero me hacían sentir de una manera especial, como ninguna otra cosa. Supongo que, al venir de una familia presbiteriana, entendía cierto valor de sufrimiento y escasez que tenía un grado de nobleza. Posiblemente me atrajo una música que tenía que ver con la falta y con la pérdida, aunque yo nunca experimenté eso en mi vida. Pero estoy tratando de racionalizar algo que no es racional. Sencillamente lo que sucedió fue que el blues me erizó la piel, me paró los pelos de la nuca. Para mí es música que expresa todas las emociones humanas posibles. Me hace reír, me hace llorar. Y puede ser muy ingeniosa. Y muy sensual. Puede ser gozosa, alegre y también melancólica y terriblemente triste. Me alucina la gente a la que no le gusta el blues. No puedo creer que la gente no esté escuchando a Leadbelly y James Booker todo el tiempo. El primer blues que escuché fue de Willie Dixon. Yo iba en el auto con mi hermano, debía tener 11 años. Cambió todo. Dejé mis clases de piano a pesar de que mi madre enloqueció. Hice una huelga de hambre de tres días porque sencillamente no quise seguir aprendiendo música clásica: la profesora se la pasaba diciendo “no vamos a tocar esto, es un negro spiritual”. Era lo único que yo quería tocar. Solamente me reconfortaba tocar “Swannee River”, lo más parecido a un blues que me enseñaban. Esa batalla la gané. Tres días sin comer y logré no tomar más clases. Otra decepción para mi madre, que entonces decidió mandarme pupilo. (...)

No nací en Alabama a fines del siglo XIX, nunca comí grits, ni trabajé en los campos de algodón ni manejé un boxcar. Ninguna mujer gitana le dijo a mi madre, antes de que yo naciera, que me perseguirían perros del infierno. Quiero, también, que este disco muestre que soy un inglés blanco de clase media alta que está entrando sin permiso en la música y el mito del sur americano. La pregunta sobre por qué un chico de manos flojas y de escuela pública británica se emociona con música nacida de la opresión y la esclavitud en otra ciudad, otro continente y otro siglo es algo que otros deben responder: desde Alexis Korner hasta Clapton, de los Rolling Stones a Jools Holland. Digamos que sucede.


Lo peor es que rompí una regla cardinal: los actores deben actuar y los músicos, hacer música. Así funciona. No se le compra pescado a un dentista ni se le pide ayuda financiera a un plomero. Entonces, ¿por qué escuchar la música de un actor? No tengo respuesta. Si a alguien les importan la genealogía y el origen, debe ir a buscar a otro lado. Yo no tengo nada de calibre. Solamente amo el blues.


Leer más: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/7977-1725-2012-06-04.html

La playa by Fresán

Siempre me intrigó –mejor dicho: siempre me desilusionó– el que en las playas ondearan banderines y banderas advirtiendo de la conducta psicótica y bipolar de las aguas, de sus peligros ciertos y mansedumbres engañosas pero que, además, no existiese un sistema de señales similar para advertir de los riesgos y amenazas acechando ahí al lado, en la supuesta tierra firme, en las arenas eternamente movedizas. Porque, después de todo, qué es lo que te puede ocurrir entre las olas: ¿perder el traje de baño?, ¿que te pique una medusa?, ¿no poder salir del agua por un rato hasta que remita una inoportuna pero acaso justificada erección?, ¿realizar, con cierta retroinfantil culpa y regocijo, una o dos funciones corporales?, ¿que un tiburón te arranque una pierna?, ¿sufrir un calambre y ahogarte? Poca cosa, escasas posibilidades narrativas, casi microrrelatos.

En la playa, en cambio, sucede de todo. Infinitas tramas. En la playa no sólo te quemás las plantas de los pies. O te roban el reloj o tu hijo te entierra vivo. O te estafan en un bar. O se aplaude para avisar que un hijo de otro se ha perdido. O se comprende de una buena vez –en la en la prisión del aire libre, a la vista de todos y de todas– qué era eso de la propia decadencia física. En la playa es donde se oye más fuerte y más claro el opiáceo canto de las sirenas. En la playa puede achicharrarse tu piel por falta de protección solar, pero, al mismo tiempo, puede arder tu cerebro y tu corazón hasta consumirse. En la playa es donde la amplitud del horizonte incita a tener visiones. En la playa no hay límites.


¿Por qué, entonces, hay salvavidas que te arrancan del abrazo traicionero de las corrientes marinas y no salvavidas que se acerquen a uno y le expliquen por qué que es mejor no aceptar la invitación a cenar de esa pareja de noruegos platinados del bungalow Nº 5? Y levante la mano quien, real y simbólicamente, no haya tirado la toalla y sacado ampollas y sentido, en una playa, que se acabó el amor y empezó el odio para de inmediato, insolado, tomar una de esas decisiones que, más que tomarse, se devoran para que, enseguida, te devoren.

Sí, la playa es el lugar del que surgimos hace milenios y el lugar al que volvemos para que esparzan nuestras cenizas.


La playa –y no el espacio– es la verdadera última frontera que no deja de expandirse.

Así, no creerle nunca a esos carteles que rezan “Fin de playa” porque –podemos verlo– la playa sigue y sigue y, como se advierte en esos mapas antiguos de la conquista, “Más allá hay monstruos”.

Y más acá también.

RODRIGO FRESÁN.

Leer todo: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4688-2012-06-04.html

Santiago Loza. Poesía escénica.

Cualquiera que haya visto alguno de los textos de Loza en escena se habrá entusiasmado al descubrir no sólo un gran talento sino el amor que late en cada una de sus creaciones. Amor por la palabra y por cada una de sus criaturas. Sus personajes no pueden ser más vulnerables y profundos. Habitan lo cotidiano pero saben que no pertenecen a este mundo. Conocen la importancia vital de los silencios y de los sueños como faros de la esperanza o la cordura y, sobre todo, conocen el dolor, sus mañas, su presteza para hacerse presente, para detener la existencia en un único día, un gesto, ese mínimo azar que altera para siempre el curso de una vida. Las mucamas de Sencilla, la costurera de Nada del amor me produce envidia, la madre de He nacido para verte sonreír o el singular trío que da vida a Pudor en animales de invierno, son ejemplos tan únicos como diferentes entre sí, de todo lo dicho.

Uno de los grandes alicientes para los creadores teatrales debiera ser la absoluta confianza en la naturaleza ilimitada de lo escénico. No hay nada que no pueda contarse desde un escenario, sólo hay que encontrar la forma que se corresponda con nuestros deseos y lenguajes. Loza lo sabe. Deposita sus textos en manos de directores que le son de entera confianza y ese mutuo respeto diferenciador de roles, quizá sea una de las claves para que la belleza y la profundidad de sus palabras no se entibie.

Las puestas de sus textos, hasta ahora, se definen por una sana economía de recursos y priman el trabajo del actor como creador. No es casual. Los directores saben que el público se sentaría con los ojos cerrados en la platea sólo para escuchar a un actor o una actriz, que lea esas palabras. Con eso alcanzaría para la catarsis porque Loza nos respeta y desafía. No nos entretiene. No escribe para un público que escucha en la oscuridad alimentando su ego de consumidor de cultura alternativa. No. Loza escribe porque lo necesita. Porque sabe hacerlo. Con excelencia. Y porque confía en la potencialidad de las palabras para revelarnos la belleza y el dolor de la vida. Loza es un poeta. Y cumple hasta las últimas consecuencias con tan ancestral oficio.

Pudor en animales de invierno es un largo poema nocturno. Un poema que se nutre de la rara naturaleza de los sueños donde todo es posible. El espacio escénico se abre como metáfora de nuestro interior. Una casa donde todo está a la vista. Sin lugar para esconderse. Una casa cualquiera en medio de la gran ciudad. La inmensa soledad que eso conlleva. Nuestra cabeza es esa casa. Repleta de recuerdos y rincones oscuros, de frases que se dicen sin pensar para salvar un vacío insondable. Hay lugar para varios mundos posibles entre esas cuatro paredes porque en ellas convive lo mejor y lo peor de uno mismo.

Loza nos ilumina desde el programa de mano: "es la historia de una despedida. Abandonar la juventud. El deseo de ir lejos con la vida. Y al mismo tiempo descubrir que la memoria insiste en quedarse y los recuerdos son cicatrices en el cuerpo. Y que aquello que amamos no termina nunca y que, tal vez, podamos encontrar breves momentos de calma".

Todo eso y mucho más.

La dirección de Lisandro Rodríguez ha sabido llenar este poema de momentos tan cotidianos como inquietantes. Algo está a punto de quebrarse todo el tiempo. Quizá sólo el silencio. Pero se romperá, y cuando eso suceda, no seremos los mismos.

Los actores están muy afianzados en la fragilidad de este poema que habitan y nos llevan de la mano con esa impunidad que sólo poseen los narradores omniscientes. Sus personajes lo saben todo: lo que pasó, lo que hacen ahora, lo que los otros sueñan y porqué, y, sobre todo, saben lo que vendrá. Nos recuerdan la fugacidad como condición de la existencia. Los momentos en los que el hijo (Martín Shanly) nos hace testigos de su recuerdo son de una vulnerabilidad tan atrapante como sugestiva porque su relato se convierte en el nuestro. No nos deja escondernos. Sólo podemos escucharle sabiendo que está hablando por todos y cada uno de nosotros y, una vez más, agradecerle a Santiago Loza, por ser tan generoso con su arte.

Ver también.
Christian Lange: http://poiesisteatral.blogspot.com.ar/2011/11/impresiones-pudor-en-animales-de.html

Pudor en animales de invierno

El camarín de las musas
Mario Bravo 960.
Viernes y sábado, 21hs.

Texto: Santiago Loza.

Dirección: Lisandro Rodríguez.
Actúan: Ricardo Félix, Valeria Roldán, Martin Shanly.
Músico: Lisandro Rodríguez.
Diseño de vestuario: Mariana Tirantte.
Diseño de escenografía: Mariana Tirantte.
Diseño de luces: Matías Sendón.
Fotografía: Nora Lezano.
Entrenamiento corporal: Leticia Mazur.
Asistencia de dirección: Sofía Salvaggio.
Prensa y producción: María Sureda.