Las estrellas que se encienden

El mio saludu dominical

CAMINOS SECRETOS
LAS ESTRELLAS QUE SE ENCIENDEN

Hoy a mí, que como tantas veces no me puedo soportar a solas conmigo, me hace falta un poema, unos versos sueltos que sean necesarios como el pan de cada día, como el vaso de agua que nos descubre la alegría de estar vivos. Me hacen falta unas palabras que consuelen y nos despierten, que digan lo esencial y nos propongan, sin lugar a ninguna duda por un momento, que la vida es la llave que abre no las puertas de la muerte sino las de la vida.

Hoy, día de las elecciones más decisivas de la reciente e imperfecta democracia española, espero por unos versos. Es poco, no pido mucho. Los busco en mi memoria y acudo a los míos: a Blas de Otero, que nunca me defrauda; a Joan Vinyoli, que ha traducido tan bien Antón García al asturiano claro; busco unos versos, un poema: ¿estará en una canción que escucho por la radio, en un libro que se oculta en la estantería, en la conversación descuidada del bar que atiendo mientras cumplo con el rito del domingo? ¿Podría ser acaso ese poema que busco aquel de Maiakovski, que leí con desasosiego a mis quince años?: «Si las estrellas se encienden, ¿es por que alguien las necesita?».

Necesitamos las estrellas que iluminan la noche aunque sabemos que se encenderían con igual belleza aunque no estuviésemos. El azar reparte cartas malas en esta mano de la Historia: crisis, reacción, incertidumbre; Francia estuvo al borde del abismo y sólo un pacto desesperado permitió que la vergüenza se aplazase, unos años, en Europa; sobre el tapete verde del mundo descubrimos signos que dicen a medias. Por eso hoy yo necesito un poema. Sólo un poema. Unas palabras bien dichas que permitan ir y venir de la memoria al presentimiento sin miedo: al presente, esa incesante patria fugitiva que la que estamos de paso, sólo se llega cuando las palabras y los hechos concilian pasado y futuro. El presente es la tierra que conquistamos para perderla de nuevo: somos sombra que se apaga irremediablemente y luz futura que se extinguirá. ¿A quién le extraña que temblemos en la duda?

Necesito unos versos que sepan a pan, a agua clara de la fuente de la infancia. Un paso firme pueden ser unas palabras humildes. Un paso firme que se da con la seguridad de ser temor y temblor, es cierto, pero también fortaleza de quien peregrina sin descanso con todos los suyos hacia la Ciudad Justa.

Me temo que mañana, tras el cómputo de la voluntad popular, todo será como siempre decepción y esperanza. A nadie le habrán salido las cuentas tal y como las ha echado y sin embargo a todos y a cada uno de los políticos, vencedores y perdedores, sabrán aprovechar la coyuntura: es su oficio y para él se han preparado arduamente leyendo, noche tras noche, las ásperas páginas de la estadística. Pero la coyuntura no es el presente sino la oportunidad de avenirse a las exigencias propias del día a día. El presente es la patria de los individuos, que uno a uno suman a todos, y la coyuntura sólo el endeble chiringuito de quienes se organizan para decir, día a día, qué se tiene que hacer en casa de cada uno. Es lo propio, por desgracia, de la política de nuestro tiempo.

El presente es el poema. Ese poema que no encontramos ni en nuestra memoria ni en nuestro presentimiento. Ese poema que dice y que cada uno interpreta a su manera dándole distintos significados, incluso contradictorios. Ese poema que maravilla y produce el milagro del diálogo. Ese poema que no engancha sino que cautiva. Ese poema que ahonda en el alma descubriendo la piel y la herida. Ese poema que ya ha sido escrito, que se está escribiendo ahora mismo, que se escribirá mientras alguien esté vivo para mirar en la noche sin certezas las insomnes estrellas. Ese poema que salva un amor, que justifica una vida, que es himno, elegía y destello.

Ese poema: un puñado de palabras justas.


Xuan Bello

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