Lo (poquísimo) que sé del amor

Lo aprendí de las tele, los libros, el cine y unas seiscientas novelas rosas consumidas en la calentura adolescente. El mejunje resultante alteró mi tracto digestivo de la realidad y difuminó mi horizonte de expectativas convirtiendo cada desierto en el espejismo de un oasis con tesoro oculto y todo. Cualquier parecido entre lo que alguna vez pensé que era el amor y sus alrededores, y lo que la vida puso en mi camino como prueba, es mero efecto de alguna resaca. Siempre me enamoro mal y de la persona menos conveniente. Está encuestado y constatado. Escribo "me enamoro", asumiendo que sigue siendo un verbo de múltiples acepciones y traducción desconocida. 

Descubrí que el amor funciona joya como arquitrabe ficcional por eso de que todo relato ordena el mundo para hacerlo comprensible o imitable. Pero la vida desconoce la perfecta estructura de los guiones made in Hollywood, ritma poco y secuencia cuando se le canta sin colgarte nunca el bendito cartel de sanseacabó. Las historias de amor funcionan bien porque cuentan con títulos de crédito redentores. 

El amor entretiene pero no resuelve. Lo perseguí durante años convencida de que me haría feliz. Cuando lo alcancé me hizo tres millones y medio de cosas por segundo en cada ocasión, pero feliz no es precisamente un adjetivo asociado a ninguna de las experiencias. En todo caso, quizá después, al rebobinar, acá y allá aparecen escenas donde sí era feliz, pero sin darme cuenta, que es como pasa la felicidad por la puerta, sin banda sonora a tono, camuflada de vida, y vos ni puta idea en el momento.

Uno de los grandes síntomas de mi estado amoroso es el aumento del volumen y tamaño de mi estupidez. A otros les sienta bien, se vuelven eficaces, complementan, comparten... Dicen. A mí me pega la ceguera y no doy pie con bola. Abandono mi vida y exilio mi cerebro. Y, como en el caso de la felicidad, tampoco lo registro en el momento, así que los efectos secundarios y colaterales a corto y largo plazo son devastadores. 

Asomada al barranco del amor la única ventaja que veo es que su fondo ya no me resulta tan atractivo. Sé que puedo arrojarme y hacerme mierda en la caída pero conseguiré poco más que un lindo enchastre. La vida, quién lo iba a decir, es más larga que todos los culebrones juntos. El amor es una casilla más del tablero pero no el premio o el final del recorrido. 

El amor se expresa de infinitas maneras y se proyecta en casi cualquier cosa que nos propongamos. Es triste que en tantos siglos de especie sigamos considerando la dupla como el formato conveniente. Se trata de un pensamiento primo hermano tonto del que nos lleva a considerar que la democracia es un gran invento y el capitalismo el único sistema compatible con nuestra existencia de hormigas explotadas. Nos gusta ser esclavos de la inercia. 

"El amor es un deporte mu raro y como vicio bastante caro", cantaba la Cabra Mecánica en un alarde de soberanía popular, y al tararear con ellos sabíamos perfectamente cuántas flexiones y calambres tenía nuestro torpe corazón encima y cuantísimo tiempo, sueño y sangre habíamos perdido en esa ruleta rusa donde nadie gana nunca. Son cuentas muy precisas, se hacen solas. 

Hace décadas que estoy profundamente enamorada de la idea de estar enamorada de alguien con quien, por suerte, toda vida práctica es inviable. Hace años que otro amor acompaña en silencio mis delirios y banca mis desplantes de nenita de cinco que quiere el cuento antiguo completito. En el medio, la vida sigue igual. Duele y cansa lo mismo. Soy un poco más vieja, más rubia y menos Vivian Ward esperando a Edward Lewis, por eso de que Putanieves y el príncipe no va más.