El cuento de la abuela


Una vez tuve dos abuelas, algo rarísimo en mi familia porque nunca cumplimos con los requisitos mínimos de parentesco. Pero sí, una vez tuve dos abuelas. 

Una era sevillana. Dejé de verla a los tres años. En mi recuerdo fue siempre una mujerona de mal genio, con el pelo blanco repeinao y el grito fácil. Le ponía yerbabuena al cocido, caminaba despacio y por esas cosas de la vida y de nuestra singular genética, cuando volví a verla yo tenía veintinueve años de repente y ella casi dos mil. 

Me encontraba de paso por Sevilla y me pareció un momento tan malo como cualquier otro para tocar timbre en una casa donde supe ser nieta de alguien a quien todos llamaban doña Ana. En el portero eléctrico pregunté por una hermana mía que creció contracorriente ahí mismo. Ya digo que lo nuestro no es la inercia. Mi abuela a sus casi dos mil años no escuchaba bien, pero me abrió el portal donde una niña con mi nombre había caminado de la mano de un señor que intentó brevemente ser mi padre. 

Almodóvar mediante subí la escalera hasta el primer piso y me recibió una señora de casi dos mil años, flaquita, flaquita, doblada a la mitad, con poca vista y sorda. Eso era todo lo que quedaba de aquella mujerona andaluza a la que temí durante años. 

Como la vida no es una película, no me reconoció. Y yo no tuve ganas de explicarme. Pensé que si le decía que era una de las hijas de su hijo se pondría a llorar y quizá hasta contenta. Pero también podía precipitar su muerte y no consideré que fuera mi objetivo esa mañana. Inventé ser amiga de esa hermana que tengo medio a medias y pregunté si tenía algún teléfono donde localizarla. Mi abuela sevillana sacó varios papeles de un cajón donde aparecían nombres y números o números sin nombre. Uno era de mi hermana. Anoté, agradecí y me fui sin darle un beso porque a cuento de qué. 

Poco después ingresó en uno de esos geriátricos donde vamos a esperar la muerte viendo tele y calculo que ya le habrá llegado.

La otra abuela era castellana e incordió lo suyo hasta que terminó en uno de esos geriátricos donde vamos a esperar la muerte viendo tele. Me enteré de su final años después por la esquela de un periódico donde aparecía mi nombre junto al de otras personas con las que comparto ADN. 

La vida, no me canso de escribirlo, no siempre se parece al cine. 




m.trigo

Ángela Cabezas








Docente, directora de teatro. 




¿Cómo te definís profesionalmente?
Es difícil definirse. Ahora que estamos con Groenlandia soy directora. Pero luego soy docente de teatro. A veces se dan las dos al mismo tiempo. Escuché alguna vez que en el teatro no nos puede definir el título, por lo tanto soy, en la medida que estoy haciendo. Creo que estoy todo el tiempo intentando mantenerme cerca del teatro, haciendo lo posible porque mi vida tenga relación con la escena.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
Las artes visuales. Antes de estudiar teatro, estudié Artes Plásticas. Escultura.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
Que todos tenemos razones para lo que decimos, odiamos, amamos, y que cada uno anda por la vida persiguiendo y defendiendo su súper-objetivo.
¿Y lo más hermoso?
Disfrutar de la gente, disfrutar de cada ser humano. Una puesta en escena te permite conocerte casi por completo con las personas con las que estás trabajando. Aprendes a disfrutar esa convivencia desnuda que impulsa el teatro.
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
La mayoría viene de las artes plásticas. Sobre todo de la instalación, me encanta Joseph Beuys, Duchamp, Vostel, y el chileno Carlos Leppe.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?
Creo que renuncié al trabajo fácil. Con mi socio y pareja tenemos una escuela de teatro, y su crecimiento ha implicado años de trabajo dedicados casi por completo a esto. Pero no sé si es precisamente sacrificio. La docencia me permite estar siempre cerca de la creación y eso me llena.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?
Tres. Antes de Groenlandia, estábamos en otro intento de puesta sobre Juana de Arco. También estuve montando con un grupo Negro Animal Tristeza de Anja Hillling, eso se estrena pronto al fin.
¿Cuántos te esperan ahora?
Dos. Queremos seguir trabajando con el equipo de Groenlandia, y estamos definiendo el impulso para iniciar. Además quiero dirigir un monólogo con un actor, sobre una historia de Patrick Suskind.
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
Un tiempo de ensayos eternos, en búsqueda de una puesta desde textos de Judith de Hebbel y Salomé de Wilde. Fueron largos meses de experimentación, sin estreno. Un tiempo muy rico, de libertad, de prueba sin la presión del estreno, nos permitimos jugar con el sonido, con el cuerpo.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Vivo de y para la docencia, pero una docencia teatral ligada absolutamente al acto creativo.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Con la plástica en todas sus formas. Sobre todo con la fotografía y la escultura. La instalación y todo lo que tenga que ver con un desarrollo y proyección objetual en el espacio.
¿Qué estás leyendo?
Detrás de escena, editado por Excursiones.  Me lo trajo un alumno desde Buenos Aires.
¿Qué autores recomendás siempre?
Patrick Suskind, Clarice Lispector, Diamela Eltit, Lihn, Girondo.
¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
Sobre todo Blade Runner. Creo que es una película perfecta en muchos sentidos. Las actuaciones, los tiempos, los espacios, la música, la historia. North by Northwest (Intriga Internacional) de Hitchcock es un recurrente también. Y este año me quedé pegada con The Twilight Zone, la serie de los 50s. Me fascinan las historias, la estética y las actuaciones con esos tiempos infinitos que ya no caben en el cine y la televisión actual.
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
Parto por las ganas de trabajar con esa persona, siempre. Por las ganas de conocer a esa persona en profundidad. Sin lazo afectivo, de amistad o admiración por esa persona me resulta difícil trabajar.
¿A qué profesionales de tu ámbito seguís de cerca?
En Chile a Rodrigo Pérez (Teatro La Provincia), a Bélgica Castro (por la forma en la que asume el trabajo teatral); en Argentina a Veronese y Santiago Loza. Me mueve mucho lo que hace Rodrigo García también.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
No siempre se puede contar con alguien. Para Groenlandia tuve la suerte de contar con Marco Espinoza, profesor de la Universidad de Chile. Fue un diálogo fundamental.  
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando me doy cuenta de que todo el día gira en torno a ese tema, imagen o texto. Todo lo veo a través de eso. La gente en la calle, la música, todo. Como si me envolviera. Con Groenlandia me pasó que me encontraba como nunca con madres y sus hijos por la calle. Estaban en todos lados, mostrándome muchas situaciones que están presentes en la puesta.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?  
Estoy viendo películas viejas, o caminando con mis perros, o no sé, lavando platos. La vida.





Poesía y revelación

"La poesía, o aquello que llamamos arte poético –retomando este fragmento walseriano–, está conectada con eso otro que llamamos “inspiración”, algo que se encuentra más allá del lenguaje, y del mundo, más allá de la humanidad más humana, y que uno intenta aprehender con este lenguaje –humano, demasiado humano– que tenemos. Esta aprehensión del mundo es la tarea del poeta y la poesía. Ese mundo-naturaleza que no es humano, y que por ello es mundo; ese mundo que siempre ha estado allí, cuando ni siquiera teníamos palabra para llamarlo y nombrarlo. Más aún, la tarea del poeta es apropiarse de este mundo, anarquizándolo en la palabra. Hacer presente en el lenguaje el mundo para ordenarlo necesita antes del caos propio de la palabra que lo toma. Apropiarlo, humanizarlo, incluye en el mismo gesto de ensoñación una liberación del hombre, una anomia. Como el caos antes de la creación, como el sueño y la palabra: antes del hombre habita el caos y la anarquía. Ese sentido de apropiación liberadora –como el sueño– es el sentido de lo habitable y amigable al hombre. Hacer del mundo-naturaleza un “lugar” donde pastorear al lenguaje y aproximarlo al hombre, pero al mismo tiempo, obligarlo a alejarse del humanismo del hombre. La anarquía es la condición de existencia del alma, y su virtud. Se puede pastorear al hombre, pero no al alma".

Emmanuel Taub

El teatro como el arte del futuro

"Paradójicamente, el teatro sigue siendo el mismo, y cuanto más es él mismo, más fuerte se vuelve. Hoy estaba leyendo en un diario sobre el desarrollo de una nueva técnica por la que en cine o televisión es posible modificar los gestos de los actores en tiempo real. Ya no es necesario hacer un procedimiento de photoshop, se puede cambiar directamente. Cuanto más allá va la tecnología y hay más posibilidades de artificializar el trabajo del actor, más poderoso se vuelve el teatro en su pobreza y más fuerte se vuelve en su simplicidad. En ese sentido, uno puede decir que el teatro siempre es el mismo. Pero su gran atractivo está en esa condición de no ir más allá. Y no hay nada más allá, porque no hay nada más pobre que el teatro y, a la vez, no hay nada más rico. Porque justamente se hace en tiempo real y se está enriqueciendo continuamente de lo que está sucediendo. Por lo tanto, tiene esta otra condición de arte en cambio continuo, y esto, de alguna manera, le garantiza el futuro. Esto es lo que lo vuelve arte del futuro: la posibilidad de ser extremadamente sencillo, siempre parecido a sí mismo, sin necesitar otra cosa que esa técnica maravillosa que es la del actor y su cuerpo emocionado; y, a la vez, el hecho de ser muy encendido para reflejar continuamente cada una de las cosas que pasan. El teatro las refleja casi de una manera instantánea. Vos estás ensayando y si pasa algo, eso ya incide en el ensayo. Es como cemento fresco. Esta condición lo vuelve arte trascendente y arte del futuro".


Mauricio Kartun

Nota completa: 

Acá el tiempo es otra cosa

Cuando el rumor de un libro se instala pese a no  ser negocio de gran editorial, cuando el título se cita alabando el contenido sin desmenuzar argumento para aludir un aire inesperado entre sus páginas, nos vamos a buscar la novedad mandando los prejuicios a otra cosa y, a veces, el esfuerzo es compensado. 

Acá el tiempo es otra cosa, afirma la portada para nada inocente del libro de cuentos de Tomás Downey.

Apenas avanzamos en la arena movediza de sus páginas, intuimos a qué se refiere. El tiempo no es una medida más de vida, no avanza lineal e imparable, ni siquiera es algo que termine de suceder. Más bien es una suerte de herramienta obradora de prodigios en las líneas de Downey. 

El autor lo rebobina hasta una imagen que abre plano general sobre un recuerdo y avanza sin temor hacia el pasado - "You make me dizzy miss Lizzie", "Gutiérrez" -;  lo detiene en un punto que logra hacerse fijo, un punto que se clava en el vacío y se expande en forma de muerte, de caballo, de ruptura, de noche aterradora y repetida, de días en provincia que se igualan... O lo acelera para revelarnos un futuro a la vuelta de la esquina donde la lluvia, la ingravidez o la presencia de un niño son signos de algo más, huellas de la incertidumbre en un mundo que se nutre de este, que comenzó en este. 

El tiempo detenido, los imprevistos de esa barbaridad, son una gran tentación para el imaginario de un creador. Downey nos introduce en esa pausa como si de un cortocircuito se tratara. 

"Adelante no hay nada, todo es pasado. No miro mi reloj por miedo a que las agujas estén quietas". (Mamá.)

La situación es una, sencilla y humanísima - la tormenta a punto de estallar, una llamada pendiente, una tarde de pileta entre padre e hija -, hasta que deja de serlo. Hasta que el autor abre una brecha, lo imposible se torna cotidiano y lo cotidiano, metáfora. 

La violenta naturaleza de nuestra especie aparece una y otra vez. Soterrada, oculta, convertida en costumbre, en práctica familiar, en abuso silencioso y silenciado. En ocasiones explota solo para mostrarnos que el espectáculo de la existencia prosigue contra todo. El mal ya está hecho en todas sus formas y la vida nunca se detuvo por eso.

Acá el tiempo es otra cosa, son dieciocho cuentos donde lo simbólico, el extrañamiento y el humor tejen con hilos de oro una lógica de pensamiento donde el delirio toma forma de accidente. Sus personajes asumen y encarnan la fatalidad como un paisaje hipnótico que contemplan sin parpadear. 

"Supuse que morir era eso: una confusión creciente, un ruido molesto que alcanza un clímax y se apaga de golpe. Pero no. Estaba lloviendo". (La nube).

"No podía quitar los ojos del mar, que parecía hervir; las olas cargadas de espuma se arrojaban las unas sobre las otras. Todo era demasiado intenso, demasiado hermoso e insoportable. No entendía qué le pasaba; pero tampoco intentaba entender, esa era la sorpresa. La lluvia se convirtió en tormenta, el agua no paraba de caer. Ana no se movió por un largo rato". (Una historia de amor). 

"Me acerco a la ventana y miro hacia arriba. Qué habrá más allá de ese cielo grisáceo. Me quemaré como un asteroide o me ahogaré en el vacío del espacio". (Astronauta). 


Una buena lectura contra la domesticación de los sentidos.




Acá el tiempo es otra cosa
Tomás Downey
Ed. Interzona, Buenos Aires, 2015. 

Ganador del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en 2013. 

Por hacer algo (II)

Por hacer algo
con la vida
desperdicié mi infancia
entre pinares
preocupada
como una viejecita
leí
mientras huía
y escribí muchas cartas
constatando
que nada sucedía
aunque el tiempo
volara
por los aires.

Por hacer algo
con la vida
me licencié
tres veces
para nada
ni nadie
por amor
al deber
a algunos hombres
buenos
que eran profes
y por miedo a morir
sin estudios
de hambre
o de vergüenza
como si fuera fácil
morir
por cualquier cosa.

Por hacer algo
con la vida
me enamoré
de más
todas las veces
me empeñé
en cicatrices
calendarios
y sueños
sin perdices
me mudé
a la otra punta
y me escondí
mejor
de lo esperado
en el fondo
del cuadro
de las copas
del brindis.

Por hacer algo
con la vida
ejercí vocaciones
disculpas
contrabando
aprendí a hacer
llover
y a deshielar
como esas heladeras
tan caras
y extra rubias.

Por hacer algo
con la vida
te persigo
en poemas
nos rompo
cada hueso
del alma
entre las olas
por ver
si así
mejoro
cuando el amor
termine
y vengan a pedirme
explicaciones
y no tenga
una excusa
que llevarme a la boca
frente
a la autoridad
desapegada.

Por hacer algo
en ese instante
con la vida
los pasaré de largo
como tren
ya sin frenos
a esa hora.



m.trigo

Se elige cada vez

La geografía de las ciudades como algo (re)construido en cada esquina, en la suma de todos sus grafittis, socavones, en los itinerarios invisibles que trazamos para volver a pasar una y mil veces por los lugares donde siempre desfila un carnaval de recuerdos de quien alguna vez fuimos. Las ciudad como una historia interminable escrita por todos, donde millones de voces guionizan un sentido posible para justificar nuestros pasos camino de un trabajo detestable o en esa vuelta al perro a medianoche que siempre es tan distinta. La ciudad como infierno elegido para enterrar nuestras vidas,* para dejarlas pasar, ocupadísimas y preocupadas con tantísimos miedos.

En todas las ciudades el aire nos abraza o nos escupe de modo bien distinto. Sabemos que París no es nuestra fiesta, en Londres somos nadie, en Madrid somos todos, en Florencia podríamos morirnos cada tarde y enamorarnos, quizá,  ya solo en Roma. Sabemos que en Oviedo la lluvia es literal y literaria, que en Sevilla la infancia nos persigue y en Valladolid nada cambiará y está bien que así sea.

Algunas ciudades recortan el aire y el espacio a nuestro alrededor, dejándonos clarito que apenas somos extra de sus días, estamos ahí de paso y no nos pertenece. Tampoco va a extrañarnos. Suele ser algo mutuo. En otras, sin que sepamos bien cómo funciona, pareciera que el fondo se nos pega a la piel, que su mugre en nuestras uñas nos hermana y que la luz, esa luz tan distinta en todos lados, nos descifra un mensaje clandestino que el tiempo nos tenía reservado.

Cualquier ciudad de Italia, cualquier pueblo, todas sus carreteras, me llenan los bolsillos de postales que llegan sin remite desde mi adolescencia remotísima. Italia me silencia, resucita mis ojos, me obliga a detenerme a cada paso, a pensar en las piedras y en sus dioses, en la belleza insólita que yace contra todo entre sus piernas.

Cualquier ciudad francesa o alemana genera lo contrario. Soy un paraguas feo que alguien dejó olvidado, un papelito sobre el que se escribió un número de teléfono al que no se llamó. Mi alma extranjeriza sus maneras y hasta el agua es distinta y el hambre diferente.

Madrid es ese bar donde brindar con cañas por mi vida o mi muerte. Lo elegí como puerta para llegar al mundo y todos mis embarques terminan en sus brazos. Pero sé que es jodida como amante y no me cuida bien ni quiere mucho.

Buenos Aires encierra ya en su nombre una trampa mortal, un chiste argento. Anuncia sobredosis de mentira, es decir, de ficción. Funciona como centro de todos los orígenes, metaforiza el mundo completito. Encarna su dolor y sus miserias, pero también conquista el horizonte infame dejando que lo firmen pintores de alta escuela cada tarde. Sobre todo en verano, como ahora. Vos pensás en morirte, o en matarlos, porque termina el día y todo ha sido en vano, cuando el cielo inaugura su servicio de espectáculo gratis y te alivia la arruga de la frente. Te obliga a suspirar, a mirar lejos y a entrar en duda nueva.

Otra vez esta vez. 

La misma vez de siempre. La que vuelve a engacharte al vicio de la herida como si fueran tuyas todas sus cicatrices. Como si sus tormentas solo hablaran de vos. Te hace sentir cualquiera Buenos Aires. No solamente vos, circunstancia torpísima, sino otros tantos muchos de los que nada sabes. Te convencen las plazas de que hay una legión de enamorados dispuestos a latir sus corazones, prender fuego al imperio de la norma, vivir a contramano cuando toque. Te convencen su turbio desconcierto, su espanto repetido, su dilema tanguero…

Otra vez esta vez.

Se elige el nacimiento y la rara certeza de tropezarse vivo cada día aunque nunca sepamos para qué. Se elige, cómo no, dónde seguir en pie como si nada.

Se elige. Cada vez.



m.trigo






“Madrid es una ciudad con más de un millón de cadáveres”, calculó Dámaso Alonso en un insomnio. 

Primer manifiesto infrarrealista. (Fragmentos)

Prueben a dejarlo todo diariamente.
Que los arquitectos dejen de construir escenarios hacia dentro y que abran las manos (o que las empuñen, depende del lugar) hacia ese espacio de afuera. Un muro y un techo adquieren utilidad cuando no sólo sirven para dormir o evitar lluvias sino cuando establecen, a partir, por ejemplo, del acto cotidiano del sueño, puentes conscientes entre el hombre y sus creaciones, o la imposibilidad momentánea de éstas.
Para la arquitectura y la escultura los infrarrealistas partimos de dos puntos: la barricada y el lecho.

*

La verdadera imaginación es aquella que dinamita, elucida, inyecta microbios esmeraldas en otras imaginaciones. En poesía y en lo que sea, la entrada en materia tiene que ser ya la entrada en aventura. Crear las herramientas para la subversión cotidiana. Las estaciones subjetivas del ser humano, con sus bellos árboles gigantescos y obscenos, como laboratorios de experimentación. Fijar, entrever situaciones paralelas y tan desgarradoras como un gran arañazo en el pecho, en el rostro. Analogía sin fin de los gestos. Son tantos que cuando aparecen los nuevos ni nos damos cuenta, aunque los estamos haciendo / mirando frente a un espejo. Noches de tormenta. La percepción se abre mediante una ética-estética llevada hasta lo último.

*

Las galaxias del amor están apareciendo en la palma de nuestras manos.
-Poetas, suéltense las trenzas (si tienen).
-Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables.
-No queremos pinturas cinéticas, sino enormes atardeceres cinéticos.
-Caballos corriendo a 500 kilómetros por hora.
-Ardillas de fuego saltando por árboles de fuego.
-Una apuesta para ver quién pestañea primero, entre el nervio y la pastilla somnífera.

*

El riesgo siempre está en otra parte. El verdadero poeta es el que siempre está abandonándose. Nunca demasiado tiempo en un mismo lugar, como los guerrilleros, como los ovnis, como los ojos blancos de los prisioneros a cadena perpetua.


*

Fusión y explosión de dos orillas: la creación como un graffiti resuelto y abierto por un niño loco.
Nada mecánico. Las escalas del asombro. Alguien, tal vez el Bosco, rompe el acuario del amor. Dinero gratis. Dulce hermana. Visiones livianas como cadáveres. Little boys tasajeando de besos a diciembre.



Roberto Bolaño

México, 1976






Completo acá: 

Vida nueva, Xuan Bello.


Cada domingo, Xuan Bello, escritor asturiano al que amamos desde que la vida nos lo presentó, publica en FB una suerte de reflexión que mejora la existencia unos minutos. Él lo llama "El mio saludu dominical". 

Hoy:

"Uno siempre está de mudanza aunque, como yo, haya decidido quedarse bien atado a su tierra y su costumbre. Se vaya donde se vaya, uno siempre va camino de sí mismo. Si quieren, de su destino. O, si no creen en la fatalidad, como yo no creo, camino de ver en el espejo su rostro verdadero. Tardamos mucho en saber quien somos, demasiado; más preocupados por lo que podríamos haber sido, es bastante frecuente que las almas caprichosas se pierdan por el laberinto del remordimiento. Como quien tiene una muela dañada, y se complace con su lengua en indagar el tamaño de su dolor, así muchas veces nos comportamos con nuestro pasado. La punta de la lengua de nuestra memoria vuelve una y otra vez a la misma herida luminosa buscando explicaciones, tal vez coartadas, quién sabe si a veces incluso un imposible perdón.Nos olvidamos de continuo que este presente que ahora pisamos es el primer día que ha habido sobre la tierra: tan sólo hace falta mirarlo con ojos de niño para que las oportunidades cambien. La madurez quizás sea eso: caer de la burra –perdonen la odiosa expresión-- y darse cuenta que es imposible transformar el pasado; mortales, nos ha sido concedido el don de la libertad. A tiempo estamos de dedicir quien somos.

Es cierto que el pasado vuelve recurrentemente. En los sueños, al cruzar un semáforo, en la nota sentimental de una canción se halla a veces ese camino que lleva a ningún sitio, a los días pasados; nos pasa a todos y, las lectoras lo entenderán mejor que los lectores, ese camino si conduce a alguna revelación es porque guarda en él, olvidadas en sus márgenes estrechos, semillas de futuro. Somos fundamentalmente memoria que se quiere proyectar al futuro; quien ya no es es, aun vivo, es una pálida sombra que se espejea en las aguas del río del ayer.

Por mi parte hace tiempo que estoy prevenido. Como quien sacude con su mano el zum-zum de una molesta mosca de su sien, espanto en cuanto aparecen los fantasmas de mi recuerdo. Puedo hablar del milagro de lo que he visto pero simplemente porque espero volver a verlo de otra manera. No me interesa la arqueología sentimental, si no su arquitectura en marcha. En el castro de Coaña yo veo un boceto, un poco brusco pero bastante exacto,de la ciudad de Nueva York. Es cierto que a veces el pasado nos viene dando la lata y que no hay peor chantaje emocional que el que uno se hace a sí mismo. Hacer oídos sordos no vale de nada puesto que lo que compete es mirar de frente, ver el tamaño de la herida, observar la cúpula necrosa de la muela cariada. ¿Hay que extraerla, puede acaso conservarse? Con el pasado, hay que tener la mano muy firme; a los mortales se nos concedió el don de la libertad y la obligación de la memoria. Sólo una cosa no existe, es el olvido.

Romero de mí mismo, peregrino tantas veces, aún no he acabado con la mudanza que comencé hace tres o cuatro años. En mi casa me piden que compre estanterías, que ordene mis libros adornando las desnudas paredes. Voy poco a poco, como quien se aproxima a un fuego peligroso: la mitad de mi biblioteca sigue sin desembalar y voy, gradualmente, desenterándome en vida. Ayer subí al altillo,donde tengo unas cien cajas selladas, y abrí una al azar una. Cogí al azar, según vinieran, unos diez libros y me los llevé a la mesita de mi habitación. Para saber quien uno va a ser es importante saber quien ha sido uno.

La casualidad benéfica es una flor rara que yo me encuentro frecuentemente. ¿Cómo si no podría referirles a ustedes este poema de la poetisa japonesa Baba Akiko, traducido por Kenneth Rexroth y Ikuko Atsumi, y publicado en Nueva York por Seventh Printing? Traduzco como me da la gana, pues sé que estoy traduciendo mi alma: “En el otoño cuando las palabras resuenan / como el eco de un hacha de piedra / algún dios que se había adormecido en mí / quisiera levantarse y ponerse, otra vez, en camino”. Junto a “Women poets of Japan” estaba “El Viajero y su sombra” de Eugenio Montes, un escritor que amo y que me irrita. Un fragmento del capítulo “Cantares de gesta” me conmueve especialmente: “Cuenta Plutarco que los egipcios descubrieron este mito sublime. Un dios semejante a Mercurio –que es la razón-- le arranca los nervios al viento para hacer las cuerdas de la lira”. Cierro el libro, conmovido, y abro otro del tesoro de este día: “A casa do Incesto” de Anaïs Nin. Acababa de cumplir 18 años cuando lo compré en la Livraria Almedina de Coimbra.No sé si entonces leí con la emoción de ahora este fragmento: “Existe un instrumento llamado quena que está hecho de huesos humanos. Tiene origen en el culto que un indio dedicó a su amante. Cuando ella murió, él hizo de sus huesos una flauta. La quena tiene un son más penetrante, más persistente que la flauta usual. Quien escribe, conoce el proceso. Pensé en esto mientras me mordía el corazón”.

Dioses que despiertan en uno, nervios que se arrancan al viento, palabras que vuelven para subrayar quien somos. Estamos de mudanza: en nuestra casa ya no habita el fantasma de la melancolía".


Xuan Bello


"Un argumento sobre la belleza", Sontag.

"La mejor teoría de la belleza es su historia. Pensar en la historia de la belleza significa concentrarse en su despliegue en manos de comunidades específicas.
Las comunidades que han sido llevadas por sus líderes a refrenar todo aquello que perciben como mareas nocivas de perspectivas innovadoras, no tienen interés en modificar la valla que ofrece la noción de belleza como alabanza irreprochable y como consuelo. 

(...) Igualmente ineludible parece ser el hecho de que, cuando las más prestigiosas comunidades artísticas se involucraron, hace ya casi un siglo, en proyectos extremos de innovación, entre aquellas nociones que debían desacreditarse estaba, en primera fila, la belleza. A los hacedores y proclamadores de lo nuevo, la belleza no podía sino parecerles un patrón de medida conservador. Gertrude Stein decía que llamar “bella” a una obra de arte significaba que estaba muerta. “Bello” ha llegado a significar “sólo bello”: no hay elogio más común ni más soso.

En otras partes la belleza todavía reina, irreprimible (¿y cómo no?). Cuando Oscar Wilde, notable amante de la belleza, anunció en The Decay of Lying, “Nadie que tenga una pizca de verdadera cultura habla nunca de la belleza de una puesta de sol: las puestas de sol ya pasaron de moda”, las puestas de sol se tambalearon con el golpe, y se recuperaron después; les beaux arts, emplazadas por el mismo llamado para ponerse al día, no. La eliminación de la noción de belleza como criterio para juzgar el arte no necesariamente es indicio de que la autoridad de la belleza ha disminuido. Es más bien un testimonio del descrédito en que ha caído la idea de que existe algo llamado arte.

Aun cuando la belleza era un criterio de valor incuestionable en las artes, se la definía sesgadamente por medio de la evocación de alguna otra cualidad considerada la esencia o lo sine qua non de algo bello. Una definición de lo bello no era, así, más que (o menos que) un elogio de lo bello. Cuando Lessing, por ejemplo, comparaba la belleza con la armonía, estaba ofreciendo otra idea general de lo que es excelente o deseable.

A falta de una definición en sentido estricto, se suponía que había una capacidad o un medio para registrar la belleza (es decir, el valor) en el arte, llamado “gusto”, y un canon de obras escogido por gente de “buen gusto”, buscadores de gratificaciones sutiles, conocedores adeptos. Ya que en el arte, a diferencia de la vida, no se consideraba que la belleza fuera necesariamente visible, evidente, obvia.

El problema con el gusto era que, aunque se dieran periodos de un amplio acuerdo dentro de las comunidades amantes del arte, éste surgía a partir de respuestas privadas, inmediatas y revocables ante las obras artísticas. Y el consenso, independientemente de su firmeza, nunca dejaba de ser local. Para enfrentarse a ese defecto, Kant —un universalizador consagrado— propuso una facultad de “juicio” distintiva, con principios discernibles de carácter general y permanente. Los gustos legislados por esta facultad de juicio —si se habían sujetado a una apropiada reflexión— serían propiedad de todos. Pero el “juicio” no tuvo el efecto que se tenía previsto de apuntalar el “gusto” o de volverlo, en cierto sentido, más democrático. El gusto como juicio normativo era difícil de aplicar por una razón: la conexión que establecía con las obras de arte consideradas incontestablemente bellas o grandes era sumamente débil, a diferencia de la que establecía el criterio del gusto más flexible y empírico. Y eso que el gusto es en la actualidad una noción mucho más frágil y vulnerable de lo que era a finales del siglo XVIII ¿El gusto de quién? O, expresado con insolencia: ¿Y quién lo dice?

A medida que la postura relativista en los asuntos culturales hacía una mayor presión sobre los viejos avalúos, las definiciones de belleza —las descripciones de su esencia— se fueron volviendo más vacías. La belleza ya no podía ser algo tan positivo como la armonía. Para Valéry, la naturaleza de la belleza es que no puede ser definida; la belleza es precisamente “lo inefable”.

El fracaso de la idea de belleza refleja el descrédito del prestigio del juicio mismo como algo que puede concebirse imparcial u objetivo, y no siempre al servicio de alguien o necesariamente autorreferencial. También refleja el descrédito de los discursos binarios dentro del arte. La belleza se define a sí misma como la antítesis de lo feo. Es obvio que no se puede decir que algo es bello si uno no está dispuesto a decir que algo es feo. Pero cada vez hay más y más tabúes a propósito de llamar a algo, lo que sea, feo. (Para una explicación, véase primero, no el ascenso de la noción “políticamente correcto”, sino la ideología en desarrollo del consumismo, y luego la complicidad entre ambas.) Lo que importa es encontrar lo bello en lo que no había sido hasta entonces percibido como bello (o la belleza dentro de la fealdad).

Del mismo modo, hay una resistencia cada vez mayor a la noción de “buen gusto”, es decir, a la dicotomía buen gusto/mal gusto, excepto en las ocasiones que permiten celebrar la derrota del esnobismo y el triunfo de lo que, con condescendencia, se consideraba “mal gusto”. Ahora, el buen gusto parece ser una noción más retrógrada aún que la idea de belleza. La literatura y el arte del modernismo estadounidense, difíciles y austeros, se perciben ya como pasados de moda, como una conspiración esnob. La innovación tiene que ver ahora con el relajamiento; la facilidad del E-Z Art actual le ha dado a todos luz verde. En el ambiente cultural que, en los últimos años, favorece el tipo de arte que es más accesible al usuario, lo bello parece ser, si no obvio, pretencioso. La belleza continúa recibiendo golpes en las llamadas, absurdamente, “guerras de nuestra cultura”.

Más acá: 
http://leedor.com/2016/01/16/susan-sontag-lucida-y-original-lectura-de-la-vida-americana/

Contra la soledad de la escritura

“No nos engañemos: escribimos siempre después de otros”. 

Enrique Vila-Matas


No escribimos solos. Aunque lo hagamos, quizá, para sentirnos menos solos, para domesticar a los demonios que andan siempre de joda sin entender de fechas, distracciones, paciencia, madurez o distancia. Qué mierda les importan los modales o las cuentas. No los convencerás de que guarden silencio cuando es final de mes, o lunes nuevamente, o se cumplen diez años de la muerte del padre o tus hijos precisan que los salves. Para algo son demonios, los demonios.

Escribimos en el marco de jurisprudencia de nuestros antecesores. Competimos con cadáveres amados y admirados que atinan a burlarse, con razón, de nuestras paredes acolchadas, nuestra locura transitoria que paga el alquiler, se toma vacaciones quince días y rebaña el caramelo de los postres como premio cuando ya no tiene hambre. Ahí están ellos con sus valijas exiliadas, underwoods, olivettis  y otros lirios calibrados para el tiro al blanco en piezas de hotel donde el miedo mordía los talones y se vivía a contramano del recuerdo, sembrando memoria para un futuro extraño que nunca imaginaron tan gris y desprolijo como este. Ahí están ellos, los amantes célebres con sus enfermedades (in)dignas, sus traducciones, conferencias, diarios y cartas con copia que el correo internacional disimulaba entre millones de noticias infrahumanas. Escribimos para los que nos demostraron que el terror es una excusa y el amor un búnker antimisiles.

Cómo sentirse solo cuando están todos ahí, la copa en alto, deseando brindar con cualquiera que se atreva a vivir.

No escribimos solos porque hemos llegado a esta absurda mañana de verano de un siglo cualquiera gracias al esfuerzo de muchísimos. La causalidad pesa sobre la frente tanto como el revólver que nunca compraremos. Amamos pese al miedo, o gracias a eso mismo, y el amor, disfrazado de cualquier cosa, nos saca a patadas de la cama y la agenda, detiene el tiempo y nos pone a cumplir con la tarea infame de lo inútil, la acción innecesaria que descorcha poética en el rostro de una realidad herida de muerte. Un mundo al que es posible odiar mientras se aman todas y cada una de sus puestas de sol, sus pueblos sin memoria, sus especies extintas, daños colaterales, largo etcétera.

Se escribe en compañía de esas sombras, al amparo de la luz que proyectan nuestras dudas. Cómo llevarle el apunte a este pobre corazón encadenado a su experiencia y coyuntura. Y qué estúpida hazaña esta conquista nuestra, esta constatación de que existimos en el registro de nuestras necedades, cuando sabemos que en breve miraremos hacia atrás desconociendo, negando, avergonzados de este dios que hoy escupe palabras que mañana deseará no haber pensado.

Se escribe con la infancia sentada en las rodillas, dejando sus huellas pegajosas en el teclado, dibujando arbolitos en cada cuaderno, llorando luego a gritos en medio de algún parque donde el juego termina sin una fuente cerca para lavar la herida de otro susto.


Escribimos sin atrevernos a llamar a las cosas por su nombre, deseando encontrarles otros muchos, mejores y distintos. Un modo renovado y solo nuestro de traducir la inercia en belleza (im)posible y necesaria. Esa idea avergüenza a los fantasmas, a la familia, a los amigos y le da sueño al niño ya cansado. 

Qué belleza es posible a estas alturas, qué debemos mirar tan ciegamente para herirnos así. 


m.trigo






Solo por hoy




Foto: Luciana Sticotti

https://www.facebook.com/luciana.sticotti

Yago Ferreiro












Escritor







Foto: Jr Vega



¿Cómo te definís profesionalmente? 

Estupendo camarero a tiempo completo y escritor mediocre a tiempo parcial.

¿Sabés por qué te dedicás a esto?

Entiendo que algo duele y que algo habrá que curar.  

¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?

El cine, principalmente. Si me diera el talento me dedicaría a escribir guiones y producir películas diminutas que harían felices a mis amigos. Como no, me quedé con la literatura, que es una novia bastante fea pero muy simpática.  

¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?

No importa el resultado, no importa el camino, no importa la trayectoria, todos los días son el día primero. 

¿Y lo más hermoso?

No hay nada bonito en escribir, si fuera hermoso escribir se vendería en las tiendas. 

¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?

Soy una esponja, me seduce cualquier literatura que me resulte sincera al tacto.  

¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación? 

La cantidad de escritores que no sienten mayor vocación que la de trepar y trepar, los escritores funcionarios, los que buscan un estatus a través de la literatura. Como en cualquier trabajo, lo que más me molesta es soportar a mis compañeros de oficina. 

¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?

Más bien he sacrificado la poca literatura que llevo dentro para intentar sobrevivir regentando un bar* que, paradójicamente, da deudas.  

¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?

El año pasado no produje ni una sola página de literatura, pero participé en diversos fanzines perpetrando diversos textos bajo pseudónimo que no llegaron a nada. 

¿Cuántos te esperan ahora?

Entiendo que en año par algún editor me escribirá para publicarme un libro y que yo aceptaré sin problema. 

¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?

No tengo mucha voluntad y si veo que la cosa no tira desisto rápido así que podría decirse que dediqué más tiempo a Antología de la poesía espectacular ** aunque sólo sea porque Poética para cosmonautas lo escribí en apenas 3 noches.

¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?

A pesar de llevar desde los 18 años trabajando en diversos oficios me sustento gracias a ir saltando de beca en beca, la que más me viene durando es la Dolores Molina, que es una beca que me da mi abuela. 

¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?

Durante años me dediqué solo a la literatura y sus contornos, desencantado de esto y desde que tengo el bar, 2012, he ido aparcando el conocimiento de poetas y novelistas y me relaciono fundamentalmente con músicos. Sus egos se camuflan bastante mejor, en general y suelen cobrar por su trabajo lo que despeja de sus frentes la palabra frustración.   

¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte? 

Firmar a mi nombre pagarés para que a otro le subvencionaran con dinero público. 

¿Hay algo que no volverías a hacer? 

Firmar a mi nombre pagarés para que a otro… eso nunca más, gracias. 

¿Qué estás leyendo? 

Ahora tengo un montón de libros empezados. Lo último que leí y que recuerdo con gratitud infinita fue 10:04 de Ben Lerner. 

¿Qué autores recomendás siempre?

Francisco Casavella, Luis Rosales, Nacho Abad. Basta. 

¿Qué películas volvés a ver una y otra vez? 

El apartamento de Billy Wilder. Vértigo de Hitchcock. 

¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles? 

No soy una persona mitómana así que me cuesta usar el término imprescindible. No podría concebir el mundo sin música, sin embargo. Cualquier músico me parece imprescindible.  

¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?

Que sean honestos, que aparten el ego, que no jodan con el dinero, que sean profesionales, que no engañen a su público.  Sigo buscando.

¿A qué profesionales de tu ámbito seguís de cerca? 

No tengo particular entusiasmo por ninguno de mis colegas. No creo en las camarillas.   

¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza? 

El corazón es un cazador solitario y el del escritor lo es aún más. No confío en la adulación excesiva ni en el crítica despiadada. Es imposible no recibir una u otra así que mejor no preguntar a nadie y tirar hacia adelante. 

¿Pedís subsidios para tus proyectos? ¿A qué instituciones? 

No. Los pedí y lloré y supliqué cuando era adolescente y pensaba que el estado era mi padre. Ahora me lo tomo todo con más seriedad. 

¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo? 

No soy proclive a la creación en un viaje, me agota y me perturba. Sin embargo mi último poemario Antología de la poesía espectacular se fraguó en Vietnam, donde viví durante 9 meses y 3 días. Más que un viaje, por otra parte, fue como estar en la cárcel así que bien. 

¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?

Por suerte o por desgracia mis proyectos suelen surgir como encargos, no tengo especial necesidad de publicar y todos mis libros han sido encargados por diversas personas, editores, amigos y etc. 

¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?

No, en absoluto. Escribo de pie.  

¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?

Me gustaría mucho poner en marcha un cine en un pueblo de la costa catalana. Más sueños no tengo.  
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?

Un horror, sin duda. Tropiezos que se encadenan y de pronto una fama desmedida. Después un largo silencio y ahora un desierto. Espero la próxima parada, esto es: la nada.

¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?

Que se muera la gente a la que quiero.  

¿Qué hacés cuando no estás trabajando? 

Aburrirme, pensar en trabajar, trabajar a escondidas. 

¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?

Ser feliz, particular y extrañamente feliz. 




* Bar Belmondo 


Por hacer algo

con la vida
encontrarle sentido
sacarla de paseo
contemplar sus perfiles
digerir su injusticia
su deshielo
su dolor
intramuros
prolijo
para todos
digo
por hacer algo
con la vida
con el tiempo
implicado
el esfuerzo
la saña
de los unos
y los otros
los mordiscos
amigos
amantes
hijos pródigos
estaciones de tren
donde perdimos
todo
nuevamente
por hacer algo
con eso
tanta cosa
se justifica
el miedo
cada error
como intento
cada beso
de prueba
cada copa de más
se analizan 
los sueños
la carta astral
el aura
la palma
de la mano
como ajena
los papeles
que inventan
quienes somos
para el archivo 
patrio
por hacer algo 
con la vida
se estudia
por las dudas
se acumulan
papeles
contra inercia
aramos cada arruga
en nuestra frente
a buen paso
y callados
mientras tanto
se lee
en compañía
de los muertos
se ve todo
ese cine
se escucha
se practica
se compone
y sí
también se vota
como si fuera
parte
del negocio
como si la esperanza
depositada en urnas
fuera alguna princesa
digna de otro niñato
que la salve
la reviente
a perdices
o a balazos
le siembre hijos
rotísimos
por hacer algo
con la vida
se doblan las apuestas
se logran imposibles
se escandaliza 
a dios
y al extranjero
a diestros y siniestros
porque somos
quién sabe
quizá 
firmamos libros
como cheques
desahucios 
para un banco
recetas
inspecciones
autopsias
contratos 
de trabajo
y de los otros
decretos
por soberbia
por hacer algo
con la vida
que nos dieron
a la que nunca
nunca
le pedimos
permiso
ni disculpas
ni agradecimos
nada
porque la vida
es nuestra
por supuesto.


m.trigo