El regalo salvador

Un nuevo post del ciclo "El mio saludu dominical" que Bello comparte los domingos en facebook



"Federico Muñiz, podemista ilustrado, aristócrata de izquierdas, amante de todas las artes que tengan que ver con la vida, señor de su finca de Cadavéu y gran amigo mío, me ha regalado la obra completa de don Miguel de Unamuno encuadernada en piel en más de veinte volúmenes. Me ha regalado nada menos que un contrincante intelectual inteligente con quien debatir, sin tregua, este invierno. Con don Miguel sólo estoy de acuerdo en lo esencial y discrepo frecuentemente, maravillándome, en casi todo lo superficial. Con Federico llevaban estos libros más de media vida y me los regaló con un gesto elegantemente displicente:

–Mira tú a ver si lo entiendes, porque yo...

Era como si me trasladara, por arte de birbibirloque, a un amigo que se quiere mucho pero para el que ya no se tiene paciencia, tras larga vida, de aguantarlo. Uno lee siempre para discutir, para razonar, para verse en el espejo invertido de la dialéctica. Hay lectores que buscan lo imposible y frecuentemente lo encuentran pues tal es la gracia de la literatura: que cada página sea el autorretrato no del autor que la escribió sino de quien la lee en ese momento; y hay otro tipo de lectores que buscan contrincantes, oponentes dialécticos que exponen razones que el tiempo ha nublado o subrayado. Juro que entre mis amigos más queridos, y lo digo sin pedantería alguna, están Montaigne y Rousseau; que Bakunin y Jung me acompañaron más que ninguno en el entendimiento del mundo; juro que he creído en Dios, en el Dios de mis padres en quien no creo, cuando leí a Juan de la Cruz y que amé cuerpos imposibles al leer a Kavafis; juro que gracias a los libros soy muchos y que sé que la lectura es siempre diálogo conmigo mismo, un diálogo con todos esos yoes que se revuelven en la entraña de la soledad dándome una cara, un destino, una apostura determinada. Leer es conocer el mundo pero sobre todo conocerse.

Si yo fuese Dios –y para serlo nada más hace falta leer la Biblia o el Corán– cambiaría tres o cuatro cosas de mi vida. Sería perfecta. Más vacía pero perfecta. Me cambiaría a mí, a quien me negaría incluso la existencia, y pondría todos mis afectos tal como ahora en un discurso armónicamente desordenado. Miren ustedes: la muerte, en realidad, no me ha enseñado mucho: a lo sumo, como dice Rafael Espejo, tres o cuatro lecciones de amor. 

El caso es que en este invierno que acaba leo, por las noches, a Unamuno. Ya era amigo mío y como soy un poco más inocente que Federico mantendremos una conversación fértil unos años. Sé que me cambiará y yo lo cambiaré a él. Me reconoceré en sus manías e incluso veré en sus reacciones ante la vida una pauta de la irrepetible historia. 

Me da qué pensar don Miguel, me cae bien. Gaziel, un gran escritor catalán metido orgullosamente a periodista, y que llegó a director de La Vanguardia en los años muy malos, decía en 1947 que después de la muerte de Unamuno no había España a la que acogerse. Y ahora me encuentro en la tele a Pedro Sánchez citando un spot de Nike, un anuncio de zapatillas deportivas, respetando escrupulosamente el pacto de los comerciales de los medios de comunicación de no citar la marca si no se cobra el arancel, y veo el cariz de los tiempos nuevos. Podría haber citado a Plutarco, a Shakespeare, a Darwish. «Impossible is nothing», dijo en el año que España presenta a Eurovisión una canción en inglés. La cita podría haber sido en español, en gallego, en asturiano, en aragonés, en euscara o en catalán. ¿Y por qué no en el árabe de Ceuta o Melilla? Tiene razón Pedro Sánchez: todo es posible en el reino de la estupidez. 


Xuan Bello