Cuando digo te quiero




no sé lo que me digo. No conjugo jamás el verbo amar porque resabia exceso, incontinencia y un tufo sacaroso de resina que no sé digerir. Llegar a este te quiero ya es un mundo que se cae a pedazos apenas se inaugura, es otro gran viaje, turismo catastrófico a los bordes cualquiera de una herida volcánica donde todo supura para que alguno aplauda o aprenda la lección. 

Cuando digo te quiero no aspiro a arrinconarte entre mis cosas, a saberte más mío que de ellas, a calcular tu paso, cronómetro entre dientes, para medir distancias y definir qué somos según la proporción reglamentaria del tiempo malgastado en disimulos. 

Cuando digo te quiero no pretendo que debas aceptarme como medalla al triunfo de tu estirpe. Ni llego a ser tu orilla, ni busco ser moneda, contrabando o ruina de tu imperio. 

Cuando digo te quiero arraso cada palmo de mi historia, asolo cuanto soy para que el imposible no te espante, para que lo improbable desdibuje y pueda ser tan otra, tan cualquiera, que acierte tu mirada a bendecir la forma y a inventarle algún fondo al mero abismo. 

Cuando digo te quiero no pretendo. Ni busco, ni encadeno, ni respondo. Enuncio una verdad insoportable que el universo ignora aunque consienta. Una verdad inútil. A veces la verdad siembra belleza, otras solo envenena. Quererte es duermevela en esas lides, práctica consentida en la costumbre de ver arder la tarde.

Cuando digo te quiero, no sé lo que me digo. Funciona como un mantra carcelario pero también, se sabe, como un rezo que todo lo traduzca o síntesis perfecta de aquello que jamás debieron darnos. Nunca debí mirarte frente a frente ni atesorar las letras que te nombran como otras sus deseos. 

Cuando digo te quiero el mundo no mejora ni un poquito, no obstante, persevero. Quizá un día se apiade y nos termine. 



m.trigo