Canción





"Si no os hubiera mirado, 
no penara
pero tampoco os mirara. 
Veros harto mal ha sido,
mas no veros,
peor fuera, 
no quedara tan perdido,
pero mucho más perdiera." 

Juan Boscán 




No he de querer ya soñarte
aunque incendiara al llorar
cada huesito al marcharte
no te volveré a besar.

Ahora que la noche llega
y que quisiera escucharte
en la puerta de mi alma
no has de venir a pararte.

No he de robarte la sombra
aunque fuera pá coserte
el corazón que me nombra
cada vez que va a lloverte.

Ahora que el camino alumbra
la luna que bien te entiende
no seré yo quien descubra
que quien te adora se pierde.

No he de poder ni mirarte
aunque quiera que me duelas
aunque quiera que me mueras
no he de saber yo olvidarte.



m.trigo

Miedo







Qué sentimos cuando. 
Dónde mierda comienza. 
Exactamente. 
Y cómo erradicarlo. 
Si es posible. 
Quizá hasta sea un bien
de los malditos.
Una necesidad. 
Sin miedo no sabríamos
qué cosa. 
Igual que sin dolor
no se podría estar. 
El miedo quizá sea 
una función y forma
con sentido. 
Común de tan vulgar. 
Pero tan propio.

Mío. 

El miedo a la verdad, 
a llamar a las cosas 
por su nombre 
y matarlas del todo 
y para siempre. 
El miedo a pronunciar 
lo innecesario. 
Derrapar explicando 
un sentimiento 
o una puesta de sol. 
Traicionar a la luna 
llamándola satélite. 
Querer tener razón 
a cualquier precio. 
Miedo a que la razón 
también sea un invento, 
una palabra torpe 
que debo interpretar 
como una resonancia 
de quién sabe qué parte 
del alma perseguida. 

Miedo atroz a perderme 
y amanecer un día 
convertida en estúpida 
certeza. 

Entonces. 

No temer. 
Abrazar cada duda razonable. 
Permitir que el error 
nos atraviese 
como espada enemiga 
a la que agradecer 
la cicatriz mañana. 

Saltar para que al fin 
el cielo caiga. 

Cómo explicarte esto.




m.trigo

AM3R / INT. NOCHE





Ella nunca fue joven y, desde el principio, supo demasiado. Por eso casi todo. No obstante, algunas veces juega a asomarse a la ventana y concebir un mundo diferente donde lo cierto es sueño y tiene alas sin precio. Esos días o noches considera posible que el amor, por ejemplo, no sea un cuento triste o chino o imposible. Comienza por cambiarle los colores, la forma y el apuro. Acto seguido lo bendice y reparte en dosis inexactas sobre flores, hormigas y luciérnagas. Confía en las especies y en la cepa del virus que los hará posibles. El amor a su cargo es otra cosa. Mucho más parecido a una estación de tren que a un ministerio. Su alcance es desmedido y afecta, sobre todo, a quien no se acostumbra ni pide estupideces o aspira a ser feliz. El amor que ella expande se cura con dos hostias y una noche de sueño. No deja cicatrices ni recuerdos. No se parece en nada a un perro fiel que vuelve o a un domingo de almuerzo familiar. Ella piensa que el amor debe estar harto de ser corresponsal de insensateces y de ser una excusa para el dolor idiota. La práctica de amar debiera ser materia obligatoria e incluir lanzallamas y hecatombes. Debiera ser un corte original, profundo, junto a la yugular. Un antes y un después de esa canción, un avión secuestrado que se estrella en la selva para aliviar el hambre de una tribu caníbal a punto de extinguirse. El amor que ella sueña para el mundo no se parece en nada a eso que ve en las calles o en el cine. No es algo que interese a los turistas o a los extraterrestres y no puede explicarse a los amigos o a los terapeutas. No es algo que alguien vaya a interpretar. Ella se morirá sin traducirlo. 



m.trigo

Recuerdo de lluvia





La lluvia y otras cigüeñas fue una obra que supimos ensayar y estrenar en 2010. 

Hacían llover y actuaban Lorena Barutta, Clarisa Hernández, Paloma Lipovetzky, Nadia Marchione y Francisca Ure. Sol Soto y Luciana Sanz cuidaban la magia. Las voces eran cinco. Ellas nunca tuvieron nombre. Cantaban. Y quizá predecían el futuro. 

El texto decía cosas así. 


**


UNA: Cuando la lluvia se detuvo llegó el silencio. Ese silencio que dicen que enloqueció a tantos. No llegaban los murmullos del bosque y las que fueron hasta el río dijeron que había enmudecido, era como mirar un cuadro apenas y todo estaba muerto alrededor. Se pensó entonces que aquello era un castigo: la lluvia y el silencio. Pero jamás llegó nadie a explicarnos el sentido de la lluvia y de sus muertes, la razón de la locura o el silencio. Jamás se aclaró nada. Repartimos la culpa igualmente. Así era más sencillo para todas.







Dos ante una cuna.

- Parece un pescado.
- Un ciempiés.
- Una mariposa herida.
- Un conejo tonto.
- No hace nada, no dice nada.
- No lo necesita.
- Nadie lo necesita a él.
- Pero él no lo sabe.
- Lo sabrá. No todos van a mentirle siempre.
Se burlan.
- ¿No es la criatura más hermosa que hayas visto?
- ¡Ay, cómo se parece a la mamá!
- ¡Ay, cómo se parece al papá!
- No, no. Es idéntico a su abuelo antes de morir.
Pausa.
- Mira cómo duerme.
- Mira cómo mira.
- Mira cómo muere.
Pausa.
- Es inútil. Me aburre.
- Vos fuiste igual de inútil alguna vez.
- Sigo siendo inútil.
- No. Innecesaria.
Pausa.
- Parece una gaviota.
- Un puercoespín.
- Un centauro cojo.
- Exagerada.

**

UNA: Nadie sabe cuánto duró. Días que fueron semanas que llegaron a meses de a poquito. El sentido del tiempo se perdió, quedó tan embarrado como el resto. Recuerdo que respirábamos como peces, hasta los pulmones se pusieron verdes. Ah, y el color de los ojos nos cambió. Se oscurecieron los claros, se aclararon los oscuros… Como si fuera un capricho de los espejos, como si estos recordaran su pasado de agua y se sumaran a la burla. No se tenía hambre. Pronto se pudrió todo: la carne, la reserva de nuez, hasta el vino de la bodega se echó a perder. La harina y la sal se humedecieron. Nos quedábamos quietas. Ahí, sentadas en el patio, viendo caer la lluvia interminable que en un rato era helada y luego tibia. Y no paraba nunca. Te hechizaba. Era como en la hoguera, sólo que el fuego termina por morirse si no se alimenta y la lluvia no sabíamos pararla.
Todo nos lo deshizo. Algunas casas no hubo manera de componerlas de vuelta. La que pudo se mudó para otro lado, pero muchas se marcharon por los bosques y no regresaron. La locura de la lluvia no es sencilla. A todas nos enfermó. Del corazón, los ojos, la palabra.






OTRA: Después de lo ocurrido las cosas no cambiaron demasiado. Es raro de explicar y es del todo imposible que lo entiendan los que no estuvieron, los que vienen de paso, y piensan que la vida transcurre como siempre, que está el lunes después de los domingos y el viernes sigue al jueves mansamente. Es imposible, digo, del todo incomprensible para aquellos que siguen con sus sueños, que aún tienen esperanza. Nunca lo entenderán.

UNA: Las que vivimos la época de lluvias entendimos de pronto que el tiempo es un invento extraño, que ya no sirve más. Alguien lo ha roto. No hay un buen momento ni una hora mejor del día. Cada uno tiene un número asignado y, desde la lluvia, la suerte gira cada vez más deprisa. Y hoy sí, hoy aún tienes aliento pero mañana nadie sabe, en unas horas, nadie sabe, a medianoche, quién te dice.

OTRA: Sí, nada fue igual desde la lluvia para nadie. Ahora se esperan pocas cosas. Se esperan sin que se note, como si no, como si la espera no fuera con una, como si todos los deseos hubieran desparecido con el agua de esos días.

UNA: No es tan malo. Se está más tranquila. Se duerme mejor y a cualquier hora. Claro que es un poco triste, sí, pero la vida nunca fue una fiesta por acá, ya me entiende. Estamos acostumbradas a la tristura como estamos acostumbradas a la muerte. Las cosas son así. Los días siguen. La suerte gira. La vida cansa.

TODAS: Lo que tenga que llover, que llueva.







UNA: Llueve desde hace tres días. Tres días enteros de lluvia. Dale que dale con el agua. Ayer la niña cantó: que llueva, que llueva… Y le di un bofetón como es lógico. La niña algunos días parece idiota. No se nos parece. No sabemos a quién ha salido. De quién es. Ahora no está. Debe andar perdida pero volverá. Tarde o temprano siempre la devuelve alguien. Los desconocidos son amables. No deben tener nada que hacer y pierden su tiempo con la niña perdida. La traen hasta aquí.

No, nos habíamos dado cuenta. Sí, lo hace a menudo. Cosas de ella. Sí, es seguro que  volverá a pasar. No podemos estar todo el día vigilándola, aquí tenemos cosas que hacer, ¿sabe? No podemos encerrarla en el armario tampoco. Nos han dicho que no se hace. No se preocupe usted tanto, siempre la encuentra alguien, ¿ve? Usted la trajo y ella está perfecta. No le falta nada. No, eso ya lo tenía. Le digo que sí, ya lo tenía, nunca fue una niña linda, es la verdad.

A nosotros no nos importa demasiado. La niña, digo. Ni la niña ni otras muchas cosas. No tenemos tiempo para que las cosas nos importen, para preocuparnos de lo que no tiene solución. Algunos vienen hasta acá y te cuentan, hablan sin parar sobre quién sabe, sinsentidos hablan. Pueden hacerlo durante horas mientras nosotros seguimos a lo nuestro. Si paramos, habrá más trabajo para luego, se terminará más tarde, será peor para todos. No merece la pena detenerse a escucharlos. Igual ellos pueden hablar sin que los miremos siquiera. Son de los que no hacen otra cosa. Por ahí sólo saben hablar, puede ser. Algunos sólo sirven para hacer una cosa. Nosotras tenemos suerte. Suerte es una de esas palabras que se les escaparon. A veces funciona como un consuelo y otras no quiere decir nada. Cuando digo que tenemos suerte trato de consolarme pero no sé si lo logro.

No llovía así desde los funerales así que andamos todos pensando en muerte. En quién se habrá ido y de dónde. A dónde no nos lo dicen y tampoco importa. “La lluvia es algo que sigue sucediendo en el pasado”. Uno dijo eso. O algo parecido. Lo escribió. No debía tener una niña perdida el que tenía tiempo para escribir. Ahora no se puede. Ni papel queda. Y si aparece un trozo a nadie se le va ocurrir escribirle nada encima. Suponiendo que alguno escriba. No lo creo. Hay muchos que hablan, sí, porque tienen tiempo o porque, pobres, no saben hacer otra cosa. Pero eso de escribir, no, no he visto a nadie que lo haga. A lo mejor a escondidas. A escondidas se hace casi de todo.

Si sigue lloviendo así van a morirse otros cuantos. De asco. De aburrimiento van a morirse. Porque mientras llueve no hacen nada, se quedan ahí mirando esa agua rara, loca y sucia que se pierde por adentro de la tierra, que rompe todo, que lo quiebra. Ahí es donde comienza a aparecer la muerte. Todos se acuerdan de los funerales porque fueron días y noches de agua, de miedo y de algunos que lloraban sin parar hasta que otro los callaba. Yo creo que la niña no se acuerda de los funerales. Puede que en esos días también se perdiera y por donde estuvo no pasaron. Por eso se puso a cantar lo de la lluvia. Nunca se sabe, nunca se sabe si las canciones funcionan. Son otra cosa rara que no se entiende mucho. A vece parecen buena cosa pero no hay modo de estar seguro. De todos modos, sólo a la niña podría ocurrírsele eso de cantar como si nada y le di un bofetón como es lógico.









Y mentirte, mentir un poquito
y mentirte, mentirte de veras
y mentirte, mentir muy bajito
y mentirte, mentir aunque duela,
aunque muera por dentro, por vos.





Fotos: Giampaolo Samá / Gráfica: Dalmiro Zantleifer
Texto y dirección: Macarena Trigo

#Maldonado




Mi relación con Argentina, con Buenos Aires, comenzó a fines del 2001. Justo entonces. Mientras el caos de esas terribles fechas la situaban en el panorama mediático internacional del peor de los modos, yo, sin saberlo, comenzaba a orientar mis pasos hacia acá. En estos años aprendí muchas cosas de los porteños. Sobre todo aprendí la necesidad y la importancia de amar lo que se hace. Sea lo que sea. A la luz del desgobierno de Macri, las coordenadas de mi experiencia dejaron de ser fundamentalmente creativas para teñirse de eso que, a falta de otra palabra mejor, denominamos "política". Cada pequeño gesto se convirtió en hazaña: pagar el alquiler y los servicios, tener algo en la heladera, seguir ensayando, escribiendo, dando forma a proyectos donde el futuro aún es posible... La sinrazón del cotidiano, eso que tantas veces llena de insatisfacción, ha pasado a dar sentido. Sólo en nuestra ocupación, ese oficio mínimo, compartimos algo parecido a una esperanza. Mientras sigamos reuniéndonos en plazas, librerías, salas de  teatro, mientras haya algo que leer, cantar, pintar...Algo que nos humanice y nos permita mirarnos a los ojos sin vergüenza por la especie, estaremos vivos. No a salvo. Pero vivos. 

La desaparición forzada de Santiago Maldonado es para muchos la gota que colma. Para otros tantos, sin embargo, apenas es una anécdota bizarra, una distracción. Son muchos los que no saben, los que niegan y los que eligen no saber. Para los que sabemos y elegimos saber y que nos duela, para los que supone un miedo renovado y una impotencia inmensa, el día a día se ha convertido en un extrañamiento perverso. La capital no se detuvo, el país no se detiene y el mundo sigue. Maldonado es el ausente, pero todos somos los borrados. Borrados porque nuestras manifestaciones no aparecen en los medios, borrados porque manipulan con descaro los acontecimientos, borrados porque pretenden que nuestra demanda es un capricho. Santiago no es un mártir o un fallo del sistema. Tampoco es un ejemplo. Santiago somos todos los que queremos serlo, los que tememos serlo. Santiago somos los que seguiremos preguntando dónde está. Los que no olvidaremos haber estado acá, en el momento exacto en que la Historia retrocedió y lo impensado se convirtió en un hecho. 

Hoy la tapa de Nación afirma: "El gobierno busca evitar que se expanda el caso Maldonado." El lenguaje nos (des)hace. Somos un virus. En nuestras manos está sembrar una epidemia. Humildemente, desde este espacio, nos invito al dolor de hacer presente a Santiago en cada pequeña cosa. Cómo venimos haciendo. Seguir haciéndolo. No rendirnos, no entregar la memoria. No ceder a la oscuridad aclimatada que imponen. Es tiempo de escribir para recordar, para no olvidar.




m.trigo


#SantiagoMaldonado #EstadoResponsable

Breves ideas para volar pianos *



En mi serie favorita, Northern Exposure,[1] hay un episodio - “Burning down the house” - donde el personaje que encarnó mi ideal de hombre perfecto durante años, Chris Stevens - interpretado por John Corbett -, ejecuta una performance genial en la que catapulta, literalmente, un piano por los aires. El vuelo del piano apenas dura unos segundos que apreciamos a cámara lenta. El gesto es tan poético que el aplauso es espontáneo. Por si fuera poco, el piano pertenece a las ruinas de la casa recién  incendiada de Maggie, otro de los personajes. Ese piano volador es una suerte de ave fénix que me sigue acompañando veinte años después.

Es un día tan bueno como cualquier otro para volar pianos.

Una pintura de Mondrian pasando por debajo de un rothko
En  Estética de Laboratorio. Estrategias del arte del presente, Reinadlo Laddaga[2] disecciona muchas cosas, entre ellas la portada del disco Between[3] de Keith Rowe. Su análisis incluye la reflexión del músico sobre ese diseño. Mi lectura hace zoom y foto fija sobre esta imagen: “una pintura de Mondrian pasando por debajo de un rothko”. Así resume Rowe la estética encontrada.



Hace años que Rothko me persigue. Aparece en mis poemas y en monólogos de mujeres enamoradas de un imposible. Hace acto de presencia cuando no acierto a describir la maravilla. No he visto muchos rothkos en mi vida pero experimenté una epifanía en el MOMA cuando lo tropecé sin buscarlo. Tuve que sentarme como una dama cursi con mareos porque no había forma de digerir aquello. Sentí, después de contemplarlo largo rato, que el mundo era ese cuadro. Uno de esos momentos que te dejan el vaso casi lleno.
Imaginar entonces
un rothko proyectado en movimiento. Abundan en youtube videos que los encadenan en montajes hipnóticos. Algo muy similar para este caso con música adecuada. En vivo, por supuesto. De preferencia cuerdas. Violines, contrabajos y algún cello. El rothko se proyecta como una holografía y se elige algún mondrian convincente que atraviese lo etéreo lentamente manipulado por hábiles técnicos vestidos de negro.
El ejercicio zen no dura demasiado pero puede ser cíclico y repetirse hasta que los presentes se sientan convenientemente estafados o decepcionados con la ejecución de la idea.
No es el paso del tiempo / es el paso de un tren
Como buena mujer decimonónica sigo eligiendo el tren como excelencia de transporte. Son muchos y gratos los recuerdos que asocio a la serpiente de hierro. Recuerdo una mínima estación de pueblo castellano donde nos apretujábamos junto a una estufa de carbón esperando la fugaz parada del que nos llevaría a la capital de provincia más cercana. Recuerdo viajes largos en trenes aún divididos por compartimentos. Los niños íbamos de un lado a otro y nos invitaban a tortilla de patatas. Espero recordar para siempre que una vez atravesé el paisaje entre Moscú y San Petersburgo en un tren silencioso donde desayunamos té en vaso. Escribí demasiados poemas en trenes franceses que nunca se atrasaban. Siempre quiero fugarme en uno sin saber a dónde va.



Imaginar entonces
un tren hermoso, antiguo, que tenga, por supuesto, un vagón comedor. El público viajero recibirá de pronto visita inesperada. Un actor o una actriz le contarán su historia. Un tren lleno de actores. Parejas, familias y gente solitaria sospechosa. Habrá un misterio clásico: criminal esposado del que poco se sabe, un intento de fuga y algún enamorado para nada. Azares muy probables en el tren de la vida. La duración exacta del viaje no está determinada para nadie. Todos pueden bajarse cuando gusten.
Modo avión
La vida me dio horas de vuelo que no conté. Ezeiza, Charles de Gaulle y Barajas fueron durante un tiempo escenarios cotidianos en los que malgasté un miedo irracional a ser detenida por delitos que nunca cometí. Sólo cuando terminaban los controles comenzaba a disfrutar la poética de ese espacio donde todo es posible. Mientras escribo estas líneas hay un poemario en preparación donde, por fin, sale a la luz, la suma de tantas esperas.
Hace unos años realicé en la unigalería porteña Una Obra Un Artista, una perfo de escritura improvisada: “Texto con vos”. Durante cinco horas escribí dentro de una vidriera y el vago hilo de mis pensamientos se proyectaba frente a mí. La gente leía, reía y saludaba.
Imaginar entonces
que me echan a escribir en aeropuertos y me mandan de gira por el mundo. Soy yo y este teclado, pocos gastos. Se proyectan mis textos sobre cualquier pared. Escribo con y para los viajeros. Voz en off que traduce los murmullos de breves despedidas y largos reencuentros. Hay una de esas urnas transparentes donde todos me dejan un saludo y escriben “volveré” en billetes viejísimos, servilletas y hojas ya caducadas de la agenda.



Sad Songs (a.k.a. Canciones Tristes)
Forma parte de mi geografía literaria, es la capital de mi ficción. Su fundador, Rodrigo Fresán,[4] nunca deja de desubicarla en cada nuevo libro. Desde que estuve en ella por primera vez deseo hacer la gran Borges y (re)escribir su historia.
Imaginar entonces
que nací allá. Soy una mujer de Canciones Triste y conozco a cada personaje que Fresán manda de paso. Los tropiezo, les robo la cartera, les invito a café. Dejo que me enamoren. Otra vez.





m.trigo


* Publicado en el n°11 de la revista mexicana La Avispa, 2016.


[1] Emitida por la CBS entre 1990 – 1995. Creada por Joshua Brand y John Falsey.
[2] Ladagga, Reinaldo. Ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2010.
[3] Keith Rowe y Toshimaru Nakamura. Erstwhile Records, 2006.
[4] Rodrigo Fresán, periodista y escritor argentino. Autor, entre otros, de algunos de mis libros favoritos: Historia argentina, Vidas de santos, La velocidad de las cosas, Jardines de Kensington y La parte inventada, La parte soñada. 

A veces





A veces soy precisa. Eficaz.
Pertinente. Oportuna.
Es lo más parecido a ser distinta. Otra.
Una con puntería. Necesaria.
No escribiré valiente. Es otra cosa.

A veces soy certera.
Quiero decir, existo. O lo parece.
En esas ocasiones singulares
la vida no es problema, se hace sola.
Y me deja tranquila.
Y me deja creer.
En los demás, en vos.
En las encrucijadas, el misterio
y el tan raro prodigio
donde habitamos, somos.

A veces lo improbable se acomoda
y entonces nada más
y nada menos.

Alcanza con el eco de tu voz
en la luz.

El orden consecuente de los astros,
los números,
la música celeste nos conmueve
y conspira,
y es fácil desear sin pretender
y muy sencillo amar
la inmensidad
de todo cuanto nunca
se comprende.

Doy gracias porque a veces
estamos
mientras somos
y cuando coincidimos
nos vuelve el alma al cuerpo.

O el sentido.



m.trigo

ESTRENO: Planes de fuga todavía peores





Planes de fuga todavía peores nace como respuesta teatral al eco de la novela Talita Cumi (Ed. Leteo, León, 2012), del español Ignacio Abad. En la novela, la voz de un poeta que es uno y cientos, viaja para sanar en cuerpo y obra. Viaja en busca de inspiración, historia, musa. Talita Cumi es un ensamble musical donde las palabras componen una partitura salvaje que nos arrastra lejos, lejísimos, hacia el prodigio mismo. La potencia de ese narrador múltiple que presta su voz a una exquisita parodia del poeta como autor y mártir, sus desmesuradas aventuras a través de una geografía inabarcable, fue uno de los disparadores de esta obra. A esa legión de poetas sin patria, quise sumar mi célula de resistencia: la de los actores. Actores que comenzaron a hacer teatro casi sin darse cuenta, que ya no recuerdan porqué lo hacen o para quiénes, pero que nunca podrían dejar de hacerlo porque la vida, en lo bueno, lo malo y lo peor, se parece bastante a lo que alguna vez imaginamos que sería cuando atravesamos el campo minado de la escena. 

La obra fue escrita en un retazo de la Barcelona modernista, muy cerca de la Sagrada Familia, en uno de los inverosímiles pabellones del hospital Sant Pau. Escribí desde España extrañando el quehacer desquiciado de la rutina porteña, sabiendo que volvería en pocas semanas y que la Buenos Aires a la que regresaba era aún más hostil e inverosímil que la que había dejado semanas antes, pero seguía, y sigue siendo, mi lugar elegido en el mundo para hacer cuanto amo. 

Planes de fuga todavía peores es apenas uno de los infinitos e infernales desgloses de nuestros argumentos para seguir aferrados al hecho escénico como salvoconducto para una vida otra, posible, poética. Una vida que no se parece a esta, una donde se ensaya y siempre sabemos qué decir y nos necesitamos y buscamos desesperadamente entre esos restos de naufragio que son nuestras escenografías. En la obra hay tres actores. Podrían ser trece, treinta, trescientos. Tres actores que quieren ser ellos mismos y parecerse a casi cualquier otro. 

El título de la obra lo encontramos en un poema inédito de Florencia Sanguinetti. Y lo robamos con absoluto descaro y mucha educación porque hacer teatro es lo más parecido a ser poeta. 

La obra nace gracias a un proyecto de coproducción con Espacio 33, sede inagotable de actividades de la más diversa índole, que desde su apertura hace dos años ha dado a luz a media docena de montajes y un festival dedicado a Buenos Aires. El teatro siempre encuentra su lugar. Y no sabe nada de nuestros apuros con el tiempo. Simplemente sucede. Cuando pasa. 



Macarena Trigo



Planes de fuga todavía peores

Actúan: José Frezzini, Federico Justo, Matías Macri
Diseño de espacio: Sol Soto
Colaboración artística: Soledad Peralta
Producción: Espacio 33
Gráfica: Dalmiro Zantleifer
Asistencia de dirección: Ariadna Mierez
Dramaturgia y dirección: Macarena Trigo

ESTRENO: 2 DE SEPTIEMBRE
SÁBADOS 22.30h

ESPACIO 33
Treinta y tres orientales 1119


Para escucharte mejor






















Escribo para escucharte mejor, diría el lobo amable. 
Para vibrar tu eco entre mis huesos,
tu huella sobre el tiempo.
Escribo porque afuera hay un infierno
y acá elijo creer que estamos juntos. Somos.
Seguimos ejerciendo la existencia,
su misterio absoluto, su sinrazón escuálida.

La palabra maldice, miente, insulta
y sabe hace doler la eternidad.
Pero también abraza, salva, logra.
Permite el imposible.
La palabra es la piedra siempre a mano.
La puntería, claro, es otra cosa.

Escribo para escucharte mejor.
Soy la luz que atraviesa otro domingo inútil
donde el cansancio, el miedo y sus hermanos
nos visitan de nuevo.

Escribo mientras pienso en la jurisprudencia
de la felicidad de los idiotas,
en su soberbia terca de bestia amaestrada.
Nos quiero porque somos la vicecontra exacta,
la cicatriz perfecta, inolvidable,
la excusa más amarga para el brindis. 

Escribo porque soy incapaz de abrir con bisturí
el corazón de un mundo como éste,
ni tan siquiera el mío,
cuya existencia atañe a mi forense.
Soy este ejército de hormigas pensamiento
que incendia discreciones y avanza la conquista
de otro futuro en llamas.

Escribo para escuchar los gritos que aún no damos. 
Porque puedo y deseo estar con vos. Ahora.


No nació un dios sin sed. 



m.trigo

Nicolás Blum



Músico, compositor, poeta. 


¿Cómo te definís profesionalmente?
Por lo general, con cierta impericia.
¿Sabés por qué te dedicás a esto?
Creo que tiene que ver con una sublimación elegante de la libido. Una forma de pulsión latente que si no encauzo me vuelve un poco impresentable.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
El Karate, la cocina, las artes (en general) y el hermetismo (en particular). También el aburrimiento, pero creo que no es una disciplina, lo voy a googlear.
No, no es.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
A poder trabajar en cualquier lado.
¿Y lo más hermoso?
A no mentir.
¿Cuáles son tus principales fuentes e influencias creativas?
Debussy, Gardel, El Tata, Vallejo, Girondo, Bill Hicks, Xul, Hatzidakis, Meliès, Liliana Felipe,  Chaplin, Fortune... No sé, un montón.
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación?
A veces, después de tocar, el esternocleidomastoideo.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?
En varios. Musicalmente estuvimos muy activos con Orquesta Espantapájaros. También me estuve presentando en algunas milongas como cantor de tangos y en formato solista, con mis poemas y canciones.
Estuve diseñando una especie de bicicleta que me llevó bastante tiempo. Después encontré que era la versión moderna del Plectociclo, un vehículo de finales del siglo XIX que perdió la pulseada con el velocipedo. Como Rovira con Piazzolla.
También estuve trabajando en una aplicación que produce música con las palabras. Todavía estoy con eso.
Participé para presentar un sistema de sonorización astrológica en el Centro Cultural Recoleta, pero perdí. También perdí un concurso de poesía.
¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse?
No, la bicicleta no la pude concretar, aunque había armado los diseños y la mar en coche, pero es muy difícil. La aplicación la hice, y en base a esa armé otras. Pero la tengo para uso privado.
Es importante que después de haber leído eso último se imagine una risa (matiz a gusto), ayudará un montón a algo, seguro.
¿Cuántos te esperan ahora?
Actualmente realizo una participación espectral en  Acá el tiempo es otra cosa, obra de teatro que trabaja sobre unos cuentos de Tomás Downey. Estoy ahí, como parte de un engranaje extraño, sonando. Lo demás es resultado de la magia que opera en la maquinaria bestial de los que constituyen la obra. Tambien estoy con la organización de “El Melindre” la feria itinerante de la Orquesta Espantapájaros. La primera edición fue preciosa: tuvo a Inés Morán como pitonisa y herbolaria, el cuentacuentos Marko Mosquera, una feria americana de fotos de Vero Cozzi y la presentación de “En otro orden de cosas”, una especie de revista pequeña, desordenada, en forma de tarjetas, en una cajita de cartón. Publicamos poetas no muertos, ilustradores y fotógrafos, entre otras cosas. Una especie de Miriorama. Cada número está referido a una temática puntual y es de edición trimestral.
Estoy armando una pequeña banda con la que me presento como solista, cuando no lo hago en la mismísima soledad, y trabajando sobre nuevo repertorio: algún poema griego musicalizado, alguno propio, y obras instrumentales.
También me presento eventualmente con otro guitarrista para cantar tango en milongas o lugares extraños.
Escribo en el blog cuando tengo ganas de decir algo.
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
¿Cómo lo recordás? ¿Qué hubo de bueno y de malo?
Lo recuerdo, en general, como recuerda uno a los muertos.
La posibilidad de viajar, de laburar con escultores, poetas y músicos entrañables, de conocer La Pampa y la poesía de Bustriazo, de terminar haciendo espectáculos junto al Tata Cedrón. Todo eso de bueno.
De malo las especulaciones, los egos, la violencia con la que se disolvió el grupo.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Soy docente de música en un par de escuelas. También hago laburos de diseño, tapas de disco, flyers.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
En una época iba bastante a milonguear, bailo griego también. Disfruto haciendo collages con fotos antiguas, escribiendo poesía y cocinando. Ya no dibujo tanto como antes, y siempre estoy envuelto en algún numero teatral. Eso.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte?
¿Por amor? Cobrar.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Cuando era chiquito puse una almohadita cuadrada en el piso, me subí a la cama marinera y me tiré de cabeza. No lo volvería a hacer.
¿Qué estás leyendo?
Un árbol de ángeles de Jorge Najera y Poemas de César Fernández Moreno.

 ¿Qué autores recomendás siempre?
Depende mucho a quién y para qué.
¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
Los que no se pierden en el onanismo egoico, los que buscan para adentro, los que muestran.
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
Que sean de verdad.
¿A qué profesionales de tu ámbito seguís de cerca?
Una vez me crucé de casualidad con un cantautor en La Pampa, lo acompañé varias cuadras mientras le contaba lo que hacía. Al llegar a nosédónde me miró entre asustado e indiferente. Desde ese día procuro no seguir a nadie. A no ser que ya esté muerto. En ese caso sí, es mucho más fácil.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Sí, a muy pocos en verdad. Principalmente con mi pareja, mi cuñado y mi hermana.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? ¿A qué instituciones?
Sí, todos los posibles. Al INAMU, la Bienal, Estudio Urbano, el Fondo Nacional de las Artes.
¿Por qué?
Porque grabar un disco es carísimo.
¿Por qué vivís en Buenos Aires?
No sé.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
De chico gané un sorteo para viajar a Grecia. Éramos niños, de todas partes del mundo, viviendo sin familiares en un lugar increíble. A la noche se hacían unas tertulias al aire libre con música, micrófono libre. Un día quise cantar y tuve una reacción hermosa de los griegos. Desde ese día canté todas las noches.
También un viaje muy presente es el de Cuba. Estuve viviendo en la casa de quien me acunara como padrino musical: Lázaro García, un trovador encantador, y tuve la oportunidad de conocer de cerca parte del mundo de la canción cubana. Volví con composiciones, poemas nuevos, y me puse a tocar en vivo, tenía algo así como 15 años.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando me pesan.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
No creo que sea personal. Entiendo que la cabeza debe ser concebida como un atanor, un horno. Uno tiene que aprender a reconocer los procesos internos, confiar en la maquinaria y el nivel de obsesión que puede volcar en la depuración final. Saber cuándo está bien de harina , los tiempos de cocción y esas cosas. Cada idea germina en comunión con todos los otros entes que conviven en lo intangible inexorablemente. Cuando toman peso propio, cuando coagulan, flotan a la conciencia y surge la idea que uno puede refinar posteriormente.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
La revolución.
Tener una casa en el campo.
Comprar yerba.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?
De lo que vendría siendo, sí.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
Me preocupa mucho ser un Golem de bits creado por un ludópata.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando? 
Pienso en cómo mejorar mi productividad. Se lo juro.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
Algo realmente productivo.


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