Lo que pasa cuando vuelves a ver, a encontrar frente a frente, cara a cara, cheek to cheek, muak, al amor de tu vida. Ese. El que nunca fue tu ex.

Se te retuerce el alma de antemano 
como trapito viejo para el piso. 
Se desmorona el alma, precipita, 
confabula con dioses y demonios 
porque no quiere ir. 
No quiere ir a romperse nuevamente, 
jugarse el tipo porque. Para nada. 
El alma de tan vieja ya no es tonta 
y sabe dónde duele y cómo y cuánto. 
No hay resaca que salve o nos redima, advierte. 
No me jodas, insiste. 
Pero ignoras tu alma porque creyente a efectos nunca fuiste. 

Y sales de tu casa como Caperucita endemoniada. 
Y ni el viento te toca, como en el poemita de Chanquete. 
Así de gilipollas por la vida. 

El mapa se hace chico en estos casos 
y el lobo no te estorba en el camino. 
Al bar, al restaurante, a la plaza de siempre, 
el mismo banco acaso, 
a un sitio donde nunca imaginaste entrar, llegas igual. 
Distinta, te aseguras. 
Y no te reconoces en el fondo de agua del espejo del baño 
ni en el vaso de whisky  donde matas los nervios 
y el alma se emborracha mansamente. 

Tarde o temprano llega el amor de tu vida 
y sigue bien, perfecto. 
Eso tiene el amor, no aprende nada, 
no corrige ni un poco su distrofia, 
se fija cuanto quiere en lo que quiso. 
Los detalles exactos que aún conserva
como si en propiedad alguna vez. 
El tono de la voz, el timbre que acentúa 
la sonrisa, las manos, el olor, ese tic,
la mirada capaz de atravesarte 
como cualquier cuchillo, 
mientras habla de cosas que entiendes demasiado,
mientras te hace reír como si fuera fácil,
mientras logra que el tiempo rebobine, detenga y embalsame
cualquier cosa que toque en ese instante. 
Porque de eso va el cuento,
de ese rato en remojo eternizado, 
de ese río indomable 
que nunca será el mismo 
pero inunda y arrasa como entonces. 

El milagro es vivir dentro de un mundo 
donde nada sucede mientras tanto,
un mundo tan ajeno a ese prodigio, 
a la luz clandestina, la palabra imprecisa, 
el roce accidental de dos caminos que avanzan paralelos 
como en las matemáticas, la lógica purísima, 
la ciencia con sus causas y sus gracias precisas 
y ecuaciones sin dios. 

Qué sabrán ellos. 
Los tipos que analizan la sustancia infinita 
del maldito universo,
qué sabrán del amor tan primerísimo, 
del hojaldre quebrado donde el viento descansa
como si la leyenda aún siguiera en sus trece 
y se escribiera así, como si nada. 

Sola. 


m.trigo