Teledrama

Ahora que mis amigos
tienen hijos, mascotas, hipotecas, 
y yo me hago la rubia y estoy divorciadísima
sin que el mundo se muera del asco o la imprensión, 
me alcanza la memoria para citar eventos
y hacer chistes malísimos
sobre esta rara vida mantenida
gracias a la ficción intravenosa,
el pan de cada día que redime
las ganas de un the end en blanco y negro,
donde el orden se imponga,
narrativo, feliz y consecuente. 

Puedo afirmar que vi caer las torres,
la guerra por la tele y el hambre en las esquinas,
sin aprender ni un poco a ser mejor,
valiente u optimista. 
No camuflé mi miedo o mi ignorancia,
no amé cuando debía ni a quien quise,
no olvidé casi nada ni fui soltando lastre.
En mi saco los huesos hacen ruido,
se quejan y maldicen
como anciana de nadie sin visitas. 
Tampoco fui más linda alguna vez. 
Acaso joven. Dicen.
Fingí dulces modales y practiqué obediencia
desmedida, creyendo que la vida mejoraba
si te portabas bien, es decir, a su modo. 

A esta altura del tiempo en los relojes,
las listas ya no suman, desmigan acertijos
sobre quién sabe qué salvajes tonterías
alguna vez soñadas como salvoconducto
hacia un guión mejor 
donde los hombres buenos
resolvieran mis culpas y facturas
dejándome sonrisas con su nombre
porque los principitos eso hacían
en los malditos cuentos de película
y estoy hecha a medida y semejanza
de todas sus lecciones consumidas
y nunca consumadas porque cómo
o con quién 
si no hay un dónde
que despeje la incógnita del cuándo. 

Sé que mis otras vidas me observan desde lejos
y tengo adolescentes incendiarias 
aburridas de todas mis costumbres,
una monja discreta clausurada en silencios
de otro siglo
y una niña en la puerta del colegio
cansada de esperar. 

Nunca serán felices a mi modo 
ni sabré consolarlas desde acá. 

El drama nunca sirve para todo.


m.trigo