Lo extraño de la muerte era la vida




Las ganas de extrañar eran sencillas, recurrentes. Venían siempre a cuento. 
La muerte era otra cosa. Como la vida misma. 
Aunque nadie conociera el resultado, la temían. Evitaban morir como la peste. 
Se comportaban como si fueran eternos o como si un final les molestara. 
Era un decir nomás. Qué se sabía. 
Quizá era otro principio. Punto y aparte apenas. Nota al pie. 

Cosas más raras que la muerte solía hacer la vida y mucho menos caso le prestaban. 
La vida se pasaba como si no fuera con ellos. Como si fuera gratis, aunque saliera cara. 
La vida era otra cosa, repetían los tristes aspirantes a una existencia ajena. A cualquier otra. 

Bien mirada la vida era un misterio inconsolable que tan sólo la muerte resolvía. 
Pero no estaban dispuestos a entenderlo. 
Así que sopesaban cada argucia y sus pasos de plomo derretido no llegaban muy lejos. 
El mar era una orilla extranjerísima que a pocos convocaba. 

A veces, en el medio de la vida, pasaban cosas raras. El amor, por ejemplo. 
Catástrofe absoluta, distracción magistral para que el moribundo se sintiera vivito y coleando. 
Duraba lo que el fuego. Artificio inquietante. Solicitado, es cierto. 

Cada quien distraía su suerte con el faro que tenía más a mano. 
La luz, a fin de cuentas, proyectaba distinto en cada quien o uno y nadie preguntaba acerca de. 

Era cierto o probable que ni la vida ni el amor fueran originarios de la zona, pero ya no importaba. 
La costumbre, su fuerza, es siempre bruta. 


m.trigo

Tomás Downey a escena






El mes que viene se estrena en Espacio 33 una puesta en escena que aborda varios de los relatos del libro Acá el tiempo es otra cosa, de Tomás Downey. Editado por Interzona en 2015 fue una lectura comentada en este blog. No imaginábamos entonces que aquello sería el primer paso de un viaje de casi dos años. 

La adaptación eligió cuatro de los relatos del libro - "La nube", "Cavayo", "Mamá" y "Ver a un niño" - y asume el desafío de componer una puesta donde la belleza expresiva y la contundencia del texto no sólo se mantenga, sino que crezca, enriquecida por el trabajo actoral. El extrañamiento que palpita en el universo del autor se filtra en esta versión escénica que mantiene el título del libro, entre otras cosas, porque encontró en él algunas de las claves exploradas desde la dirección. La iluminación y la música acompañan una búsqueda estética que confía en lo connotativo y que apela a un público entrenado en la percepción fragmentaria de la vida. 





Los actores Juan Manuel López Baio, Pablo Pandolfi y Ary Pardal son los responsables de poner en pie las voces narrativas convertidas en personajes cuya poética los ubica en tiempos y espacios tan inmediatos como inquietantes. Juntos exploran la conjunción de tres situaciones dramáticas que se conectan sutilmente a través de la mirada, un gesto o una palabra, pero mantienen su independencia de sentido. 

La obra se presenta como una investigación sobre la poética del universo del autor, una adaptación donde se impone el deseo de habitar con herramientas teatrales una narrativa excelente para transformarla en material escénico. 



Actúan: Juan Manuel López Baio, Pablo Pandolfi y Ary Pardal. 
Asistencia de dirección: Ariadna Mierez. 
Texto original: Tomás Downey.
Música: Nicolás Blum.
Gráfica: Dalmiro Zantleifer.
Producción: Espacio 33.
Adaptación y dirección: Macarena Trigo.

ESTRENO: 1 DE JULIO

Sábados a las 21h. en Espacio 33. 
Treinta y tres orientales 1119.

Javier Vicedo Alós


Poeta y dramaturgo


¿Cómo te definís profesionalmente?
Un titubeo prosigue siempre a esa pregunta.
¿Sabés por qué te dedicás a esto?
Porque no me interesa otra cosa.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
La filosofía, la jardinería, el silencio, el mar, el aburrimiento, la muerte, la noche.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
Que no se debe esperar nada.
¿Y lo más hermoso?
Que lo inútil es útil para algunos.
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
El cine de los hermanos Coen, de Malick, de Wenders, de Herzog, de Reygadas. Los poemas de Valente, de Fabián Casas, de Juarroz, de Cernuda. El teatro de Beckett, de Lagarce, de Alejandro Ricaño, de Rodrigo García. La narrativa de Zambra, de Julio Ramón Ribeyro, de Félix Romeo, de Carver. La obra de Hopper, de Joan Mitchell, de Esteban Vicente, de Giacometti. La fotografía de Yamamoto, de Todd Hido, de Castro Prieto, de Misrach. La música de Beethoven, de Arcade Fire, de Sam Cooke, de los Byrds, de Alabama Shakes, de Brahms. ¿Sigo con la pedantería?
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación?
El pasado.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?
El pasado.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?
En tres.
¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse?
Sí.
¿Cuántos te esperan ahora?
No se debe esperar nada.
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
¿Cómo lo recordás? 
Lo recuerdo como un camino hacia dentro.  
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Soy camarero. De manera snob se puede decir bartender. De manera estúpida coctelero del drama.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Poesía, pintura, fotografía y música.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte?
Exponerme.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Ir a una Feria del Libro a firmar ejemplares. A uno no le tiran cacahuetes pero casi.  
¿Qué estás leyendo?
A Jergović.
¿Qué autores recomendás siempre?
A Ribeyro, a Cernuda, a Cioran, a Fabián Casas.
¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
Fitzcarraldo, American Beauty, The man who wasn’t there, Paris, Texas, A straight story, Lost in Translation, El árbol de la vida.
¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
Los mismos que mencioné en las influencias.
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
Lo primero que sean buenas personas. Después que entiendan que todos aportan.
¿A qué profesionales de tu ámbito seguís de cerca?
A los de mi generación.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Odio hablar sobre lo que estoy haciendo. Mando los textos cuando ya casi están terminados a un círculo muy reducido de amigos.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? ¿A qué instituciones?
Una vez obtuve una beca del Ministerio de Cultura español. También de una fundación privada, la Antonio Gala. Esa última determinó mi vida.
¿Por qué?
Porque todos necesitamos dinero para comprar tiempo.
¿Por qué vivís en Madrid?
Por la gente que vive aquí.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
Muy pobre ha de ser uno si los viajes no modifican nada de su estructura mental.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando estoy escribiendo y pierdo la referencia del tiempo.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
¿Las supersticiones y manías cuentan como sistema?
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
Vivir en cualquier otra parte, hacer cualquier otra cosa.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?
El otro día a raíz de una charla que tuve que dar percibí durante dos segundos un atisbo de coherencia. Fue magnífico.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
No se debe esperar nada.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?
Soy un bicho social.  
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
Cualquier cosa que tenga que ver con hacer preguntas.

"La obra, un accidente."




¿Cuánto crece una obra en dos meses y medio? ¿Cómo medir ese crecimiento?  Hace dos meses y medio presenciamos un ensayo de El mundo es más fuerte que yo. La puerta de Roseti se abría después de más de dos años para compartir ese trabajo y la criatura palpitaba un entusiasmo febril. Sin luces, ni vestuario, ni final ni… Era un regalo honesto e inagotable. Reposada la impresión del primer cuerpo a cuerpo, volvimos a verla para renovar la experiencia acumulada. 

¿Dónde ponemos la expectativa al entrar en una sala de teatro? ¿Y al volver a una obra? ¿Qué buscamos? ¿Qué se desea? Sobre todo, que no nos decepcionen, que no roben nuestro escaso tiempo con algo que no. Y, por supuesto, que aquello, lo que fuere, esté tan vivo que me obligue a quedarme ahí, que tome mi mente y mi cuerpo y los vacíe llenándolos de algo más. Poder salir de esa obra, de esa sala, con el ánimo restaurado, con un poco de entusiasmo que cauterice el resto del sindios. Eso es ir al teatro y lo demás, sociales. En la república de Roseti trabajan arduo para ese umbral de expectativa no decaiga. 

El mundo es más fuerte que yo, quizá, pienso ahora, hoy, no quiere ser una obra de teatro. Pero es un bicho de. No quiere ser una trampa, una elipsis donde el público envejezca. Su naturaleza es la de un campo de pruebas, territorio abierto al que se nos invita y donde todo se presta a correcciones, cambios. Una de sus grandes virtudes es que capitaliza en el instante cuanto sucede y eso, sin duda, la mantendrá viva mientras su equipo la ampare. En cualquier momento puede suceder algo inesperado que modificará la puesta, quizá para siempre, y eso, el accidente, es tan bienvenido como deseado.

Nada es lo que parece. Ni el espacio, ni nuestra llegada, ni los roles asignados en remeras. El mundo está lleno de significantes agotados, de cosas que son sin estar, de acuerdos tácitos y absurdos. El pacto ficcional, esa convención vapuleada, esa anestesia… ¿Puede quebrarse? ¿Cómo? ¿Qué hay que hacer para que la ficción se rompa? ¿Dónde está la fisura que permite ir y volver? Y, en última y primera instancia, ¿qué nos importa más? ¿Nos define la realidad que nos rodea o la ficción a donde escapamos? La ficción que nos consume y consumimos, ¿acaso no nos (pre)ocupa más que la vida? ¿Dónde vivimos más y mejor?

El mundo es más fuerte que yo no necesita ser una obra de teatro más. Es un ensayo práctico, un experimento escénico que aspira a involucrarnos medularmente. Su programa así lo sugiere: "La cooperativa está inscripta en ACTORES con el número de orden: 21061. Una vez finalizada la obra, ustedes deberán inscribirse en la misma y cobrar el porcentaje correspondiente por la función que acaban de representar.”

La dirección de Juan Coulasso exprime las paradojas de la literalidad hasta las últimas consecuencias. Nos convierte en sus actores por obra y gracia de su concepción del hecho escénico como un acontecimiento limítrofe e incierto. Su puesta en escena nos recuerda, nos obliga a recordar, que no hay punto de vista adecuado. Ver o no ver, escuchar o no, aplaudir o no, son convenciones prescindibles si el bicho teatral está vivo. “No hay obra”, nos recuerdan una y otra vez, un guiño a Lynch, sí, pero, sobre todo, un regalo para nosotros, el público. Un público personaje al que se apela con inteligencia honestidad y humor. 

La no-obra comienza varias veces. Mientras el público se acomoda, su dinámica resuena en el audio de un ensayo. La sala se nos abre de una forma y se nos entrega en otra. Nos exigen atención desde el vamos. Miren, esta podría ser la puesta, pero no. Este podría ser el espacio, pero no. No sólo. Vos estás ahí pero también acá. Nada nos separa. La incertidumbre nos acosa.

En esta poética de ensayo sobre el quehacer teatral no hay rol menor, sin embargo, es el vínculo entre la actriz y el director, omnipresente en la puesta como una parodia de sí mismo y de todos los directores que en el mundo son y han sido, el que se desarrolla casi sin palabras. Mientras la actriz, una generosa y explosiva Victoria Roland, verbaliza la evidencia de esa relación tan tortuosa como necesaria,  contemplamos como, por momentos, su cuerpo y su voz se transforman en materia informe al servicio de una búsqueda vital, una comunión energética. La actuación concebida como un umbral de entrega, de intimidad tan absoluta como pública. El rol de actriz cuestionado como una extensión física y mental del director.

¿Qué es un director de teatro a fin de cuentas? ¿Cuál es su trabajo exactamente? Por suerte, a nadie le interesa una respuesta unívoca.


Hay más, tanto y mucho más sobre lo que puede escribirse y se escribirá en torno a esta producción de Roseti. Lo importante, de más está decirlo, es el acontecimiento. La cosecha de preguntas y sensaciones - el eco de la percusión en el cuerpo, por ejemplo - que cada quien se lleva al abandonar la sala como un actor más: obligado por la dirección. 



El mundo es más fuerte que yo

Texto: Juan CoulassoVictoria Roland
Actúan: Victoria RolandFlor Sánchez Elía
Músicos: Matías Coulasso
Diseño de vestuario: Endi Ruiz
Diseño de luces: Matías Sendón
Diseño sonoro: Matías Coulasso
Realización de vestuario: Emiliana De CristofaroLuisa Vega
Video y trailer:  Nadia Lozano
Operación de sonido: José Feliciano Ramirez
Fotografía: Nora Lezano
Asesoramiento coreográfico: Carmen Pereiro Numer
Entrenamiento vocal y asesoramiento musical y artístico: Bárbara Togander
Asistencia de dirección: Nadia LozanoMarina Ollari
Dirección de arte: Endi Ruiz
Colaboración en dirección: Carmen Pereiro Numer
Dirección: Juan Coulasso

Roseti

Roseti 722
Sábados 18.30h

Facfolc





El teatro (también) es una trinchera de la memoria, la de todos. Elegir el pasado, cualquier pasado, como carne de cañón es siempre delicado. Nuestros trabajos son puntos de vista, tan parciales como interesados por la cuestión. La conciencia sobre el valor de la temática tiende a llenarnos de reparos y prejuicios. ¿Qué se puede (volver) a contar sobre lo conocido? ¿Y cuál es el principal objetivo de esa obra? ¿Se aprende algo realmente de la Historia mayúscula en una sala de teatro? Estas y otras cuestiones de esa índole enfrentó, sin duda, el equipo creativo de Facfolc durante su proceso de ensayo.

Facfolc es una obra sobre Malvinas, un homenaje que, en estos días de desgobierno, adquiere una urgencia necesaria. Mientras el Estado desfigura el mapa y, tan literaria y literalmente, borra las islas de la geografía argentina en uno de sus muchos lapsus, el teatro independiente, una sala mínima, una cooperativa chica, nos cita para reescribir los hechos. El pasado aún no está escrito. La historia oficial no nos incluye. El teatro sabe todo sobre dar voz a quienes nunca tuvieron. El imaginario del soldado tiende a presentarse de forma parecida en nuestras mentes de civil, no obstante, toda guerra es única en su espantoso modo. No hay dos muertes iguales, aunque haya millones ignoradas. En ese terreno es donde la obra crece de mano de sus personajes. Facfolc cita Malvinas pero los soldados, pibes jugando a ser hombres de acción, jóvenes esperanzados con un destino mejor que se convierten en carcasas sometidos bajo la fuerza bruta de las circunstancias, esos soldados, se abrazan con los de cualquier conflicto bélico.

El texto elige anécdotas triviales para presentarnos a su personaje principal, Antonio. Su recuerdo detenido en sus últimas horas en casa, es la guía de un relato que, de a poco, se abre hacia la intemperie del campo de batalla. La puesta es despojada pero expresionista. Las actuaciones combinan la organicidad con la precisión coreográfica. Las repeticiones exploran la confusa representación de la mente. ¿Qué detalles son los que se fijan, como esquirlas de metralla, al recuerdo? Los actores comparten una voz y prestan su cuerpo a todos los personajes que el relato suma.

Una obra compleja que logra sacar partido a los mecanismos teatrales para aproximarnos a una temática sobre la que queda mucho por decir y todo por recordar.



Facfolc, un manto de neblina

Actúan: Cristian AguirreGuido DíazGuillermo Mac Donell
Fotografía: Gustavo Marión
Entrenamiento corporal y coreografía: Julie Cristal
Asistencia de dirección: Ángeles Clavijo
Coreografía: Julie Cristal
Texto y dirección: Fernando Locatelli

Sábados 22.30
Kowaslki Club de Cultura
Billinghurst 835

Instrumental

Considerar que casi siempre es cierto poco y nada,
nunca sucede a tiempo lo preciso
y toda duda suma mientras arde.

Precipitarse sólo si hay vacío.
No mata la caída, mata el miedo.

¿Qué es lo peor entonces?

Vivir embadurnado de costumbre y certeza
como perro feliz y taxidérmico.

Saberse de antemano consecuencia.

No hay lección ni consejo,
ni abrazo a medianoche sin precio
ya estimado.

El valor, sin embargo, es otra cosa.



m.trigo










Este sindios ni puente






Va de nuevo. La vida. Este sindios ni puente donde ir a gritar algo. 
Rebobina la historia tan prolija con su lista de miedos y miserias que ya ni putapena.

Así se siente el fondo de este vaso vacío para el brindis donde otros se atragantan y celebran quién sabe qué deseo concedido.

Se muere todo el mundo pero lloramos sólo a los mejores. O a los nuestros. La muerte es un negocio. Vende bien. Aunque se entiende poco de qué sirve. Un descanso quizá. Pero quién sabe.

A palo ciego el eco de otras veces no consuela ni un poco. No se escarmienta nunca en cuerpo ajeno. Ni se duerme o se mea de prestado. El corazón tampoco hace sus cosas como una pretendiera. No programa poéticas ni admite candidatos consecuentes. No está por la labor de la prudencia. No quiere ser vulgar, el muy cabrón, y anda de huelga en huelga como un profeta más en el desierto.

Mudo grita. Elegante la imagen si no fuera un estorbo.

El tiempo hace lo suyo y se extravía. Pasa, vuela y a ratos se detiene. No hay forma de esquivar su destrucción y somos esta ruina sin subsidio que el lobo del cuentito demolerá al soplar cualquier mañana.

Pese a las obviedades, la contramano exige sus quimeras y llegan telegramas donde el futuro existe y está siendo distinto. El pasado mejora dicen los optimistas. Y un poco la razón queremos darles porque si no la cosa se enrarece y el presente amenaza demasiado. Ahora que ya ni dios atiende los reclamos, hay que hacerse el idiota y ver qué más sucede. Cuánto puede aprenderse del mal ejecutado con tanta maestría. Toda acción es política y presiden el mundo delincuentes de altura sin estofa. Qué se puede esperar de este big bang insulso y tan solemne donde se baila al ritmo del single de verano.


Va de nuevo. La vida. Este paréntesis. 


m.trigo

Sisyphe sport




Sisyphe sport
Jana Sterbak. 1997





La marca. El sacrificio.
La tan costumbre idiota.
La maldición, sugieren.
Reconozco y entrego mi vida sin sentido.
Extraño desmedida cuanto nunca
y en ese camposanto da fruto la esperanza.

La distancia prudente no se mide, se ejerce.
Dinamita los puentes y los pactos
y no atiende a razones.

Me acusan tantas veces de lo mismo
que debo ser culpable desde siempre.

Me sé sombra de paso en tu caverna,
no hay reinado ni dioses ni promesa
que rediman o absuelvan
lo no dicho ni escrito sobre y contra
el nombre de las olas donde habitas.


m.trigo


Flor Canosa


Escritora


¿Cómo te definís profesionalmente? 
Soy un maxikiosco.
¿Sabés por qué te dedicás a esto? 
Soy la más chica de la familia. Mis hermanos me llevan más de diez años de diferencia, así que me creí en un mundo de adultos. Mi hermana y mi papá escribían y eso me producía una enorme admiración. Creo que empecé a escribir para alcanzarlos, luego para superarlos, más tarde para superarme y ahora porque no sabría qué otra cosa hacer para no volverme más loca.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación? 
El teatro, desde chica, aunque ahora lo dejé de lado. El cine, toda la vida. Y los libros. Había más cinco mil ejemplares en casa. Miraba clásicos del cine con la biblioteca a mis espaldas.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo? 
Que hay que ser dúctil, nunca quedarse en la fórmula fácil y que la verdadera clave es observar y escuchar, pero honesta y profundamente, al otro.
¿Y lo más hermoso? 
Que una vez que una obra se lanza al mundo, las reacciones pueden ser perturbadoras. Nunca se sabe el efecto que provoca en el otro. He recibido puteadas horribles y también mensajes hermosos que me hicieron llorar de emoción. De eso se trata la vida. De esa fluctuación entre la certeza y el desasosiego.
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación? 
El miedo a perder la habilidad. Volverme obsoleta.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto? 
Algunas relaciones. Amistades y amores. Hay amores que no sobreviven a un libro.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado? 
Más de diez, seguro. Más de veinte, posiblemente.
¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse? 
No, claro que no. Tengo varias novelas terminadas que no quiero ni debo mostrar todavía. También novelas inconclusas que se me clavan en la carne pero no sé cómo terminar, no estoy lista.
¿Cuántos te esperan ahora? 
Cada día uno nuevo. Siempre nace algún proyecto que, a veces, se muere a las pocas horas, como una mariposa.
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha? 
Una novela que se llama tentativamente «Autoayuda» y la comencé hace como quince años.
¿Cómo lo recordás? ¿Qué hubo de bueno y de malo? 
Fue creciendo conmigo. Atravesó un matrimonio largo, mi maternidad, la separación, el dolor, el hallazgo del nuevo amor, la publicación de tres libros, una nueva separación y el dolor y la soledad. Esa novela es mi crecimiento. Abarca varios géneros. Tal vez no deba terminarla nunca. No es casual que se llame «Autoayuda»
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas? 
Estoy empezando a vivir de lo que amo. No puedo creerlo, pero es posible que en un tiempo pueda ser mi principal ocupación.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente? 
El cine, sobre todo.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte? 
Desnudarme en una obra de teatro de la cual sólo hice una función. Y me desnudé frente a mis ex suegros.
¿Hay algo que no volverías a hacer? 
Leer la respuesta anterior. 
¿Qué estás leyendo? 
«El maestro y Margarita» de Mijaíl Bulgákov.
¿Qué autores recomendás siempre? 
No tengo una recomendación estándar. Necesito conocer a la persona y sus intereses, su ideología y su nivel de lecturas. No todo libro es para cualquier persona.
¿Qué películas volvés a ver una y otra vez? 
Pi, El día de la marmota, Embriagado de amor, Star Wars (4,5 y 6), Volver al Futuro, Casablanca, Blade Runner, Alien, Indiana Jones, y me estoy olvidando de la mitad de las quisiera mencionar.
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar? 
Pasión y sabiduría. Que escucharlos hablar sea un aprendizaje. Si no me dejan nada, es mecánico.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza? 
Solía hacerlo con mi pareja, ahora lo hablo con un puñado de amigas y amigos, pero por lo general busco consejos puntuales dependiendo del tema.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? ¿A qué instituciones? 
Cuando tengo un material que se adapta a alguna convocatoria, no lo dudo. Ninguna en especial, buceo por todas partes.
¿Por qué? 
Descreía de las instituciones y concursos hasta que me presenté a uno por primera vez y lo gané. Gracias a ese premio publiqué mi primera novela y entré al universo de lo literario. Ahora ya es un viaje de ida.
¿Por qué vivís en Buenos Aires? 
Viví en Mercedes (provincia de Buenos Aires) hasta los 17 años. Puede decirse que soy una chica de pueblo. Buenos Aires siempre fue la panacea y no me arrepiento. Es el lugar donde tengo que estar ahora.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo? 
Por no tener guita, no viajé cuando era más joven. Mi primer viaje largo e importante fue mi luna de miel (hace cinco años). Conocer Europa me abrió la cabeza.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos? 
Cada vez que lavo los platos y lo pienso.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo? 
Soy el caos.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes? 
Conocer Islandia, volver a enamorarme (y ser correspondida, claro, porque enamorarse solo es muy fácil), llevar a mi hijo a dar la vuelta al mundo, comprar una plancha, recordar regar las plantas, seguir tatuándome.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria? 
Mi trayectoria como escritora no tiene todavía dos años, así que apenas está aprendiendo a caminar.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro? 
Que la gente siga votando mal.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?  
Estoy trabajando.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo? 
Llorando, supongo.

Próximo




Escribía ayer acá sobre el amor y el teatro y, en esa línea de causalidades que Buenos Aires siempre teje, terminé el día con el privilegio de asistir a uno de los ensayos de Próximo, la nueva obra de Claudio Tolcachir que se estrena la semana próxima en el Sarmiento. Fue una de esas pasadas donde ya todo late a buen ritmo y el tono es afinado pero se sabe que aún puede haber cambios, que cualquier cosa que suceda en este tiempo, en esos ensayos abiertos a público amigo y curioso, puede modificar, no la sustancia del trabajo, pero sí, quizá, su alquimia. Pocas cosas se disfrutan más, y de casi nada se aprende tanto, como de esa fragilidad de los elementos que constituyen una puesta donde todo está siendo probado.

Próximo aborda uno de los temas más complejos de este futuro insólito en el que nos encontramos: nuestra identidad virtual, ese compendio de información que depositamos online sobre el que se proyecta una ilusión desdibujada de nosotros mismos, ilusión que, no pocas veces, alcanza para enamorarse. ¿Y qué es hoy el amor? ¿De qué nos enamoramos cuando el otro no sólo es un extraño, sino que ni siquiera está? Ya no parece haber dudas sobre el hecho de que podemos enamorarnos sin conocer el olor o el sabor de nuestro amado. Alcanza con la voz, ya se manifieste por escrito o en infinitas conversaciones que la tecnología facilita obviando geografías y husos horarios.

Pablo y Elián se conocen así. Son dos entre millones de conectados que se encuentran y eligen. Los dos están solos a su modo. Pablo, como inmigrante ilegal en Australia y Elián, rodeado de esa soledad del actor de teleserie de moda para quien el argumento de cada episodio pesa más que el de sus días. “No tengo amigos”, afirma convencido e insolente. El tiempo confirmará su certeza.

Nada contaremos sobre el argumento, pero nos detendremos en las actuaciones para destacar la organicidad y generosidad de sus actores. Perotti es conocido por lo rotundo de sus creaciones y acá, una vez más, concibe una criatura sensible cuya fragilidad está a flor de piel. Sus gestos y miradas componen un personaje profundo y entrañable. Marín, español, será un hermoso descubrimiento para el público porteño. El arco dramático de su personaje evoluciona desde el insufrible niño bien al hombre que, de la noche a la mañana, se ve obligado a crecer definitivamente. Ambos comparten esa gracia del pensamiento vivo capaz de habitar cualquier silencio. La dirección los mantiene ocupados en el desafío de saberse inmediatos y lejanos, unidos por la voz pero, argumentalmente, a miles de kilómetros. La partitura de movimientos que genera esa comunicación tan fluida como fantasmal, es uno de los hallazgos de la puesta. Imposible no identificarse con ese caminar ritmado del zahorí atento a la señal de internet o con la presencia del celular y la computadora como una extensión más de esta rara humanidad que estamos aprendiendo a ser.

Tolcachir retoma la puesta en escena despojada apostando por un espacio diseñado para la conjunción de tiempos donde todo es una cosa y otra, está ahí pero también en otro lado, es eso, pero no sólo. Así, el espacio metaforiza la historia que lo habita y sus personajes lo recorren integrándose en él y abriendo, una y otra vez, recorridos paralelos y magnéticos que no llegan a tocarse salvo que… Salvo que el espectador lo decida. Vean la obra para poder hacerlo.


Próximo

Actúan: Santi Marín y Lautaro Perotti
Asistencia de dirección: Cinthia Guerra.
Iluminación: Ricardo Sica
Diseño escenográfico: Sofía Vicini
Coordinación artística: Timbre 4 
Texto y dirección: Claudio Tolcachir

Funciones de miércoles a domingo. 
Estreno: 9 de junio. 
Teatro Sarmiento

Del amor y el teatro




El teatro es lo más parecido que conozco a estar enamorada. No hablo del amor como punto de encuentro o equilibrio, si así existe, lo ignoro; el teatro y el amor que me interesan comparten lo insensato de la vida, no funcionan como salvoconducto ni entienden de alto el fuego. Ambos reniegan de las circunstancias dadas, ese marco de la realidad que la publicidad asume con excelencia envasando nuestros sueños al vacío para convertirlos en algo tan políticamente correcto como inalcanzable.

El amor como fuerza de la naturaleza no presta atención a la posición socioeconómica de los amantes y el teatro engendró a muchos de sus protagonistas a partir de esa irreverencia del destino. El amor tampoco atiende a disonancias espacio temporales. Muchos enviudamos por primera vez el día en que murió nuestro actor amado. No hay comillas que consuelen ese dolor. Ni su recuerdo. No hay sexo, raza, edad ni distancia prudente cuando el amor se desata y nos enferma. Distorsiona nuestra perspectiva. La luz es cenital y el punto de vista ciega y obnubila en un primerísimo primer plano donde lo pixelado no incomoda. 

El amor es ese punto de vista renovado que perseguimos como artistas. ¿Cómo hago esto de otra forma? ¿Cómo olvido de nuevo? ¿Cómo deshacerse de las dudas y temores? Enamorarse es una buena medida porque, sin duda, es un estado que demanda renovación de lenguaje y códigos. Las estrategias nunca se repiten. Cada amado exige un inventario de nuevas y desmedidas prácticas. La creatividad del amante es tan absurda como inagotable. El amante es lo más parecido a un director de teatro que conozco. Sí, elijo hoy la figura del director porque el actor, la actriz, si es afortunado, aprendió a amarse y odiarse por sobre todas las cosas. Y está bien que así sea porque este mundo hará todo lo posible para que ese actor no sea, no llegue, no lo logre. Dejemos que los actores se amen a sí mismos y que otros muchos aprendan a querer sus defectos y los admiren y deseen por ellos. Pero el director, la directora, debe amar distinto. Si no logra trascenderse su sombra omnipresente entorpece el hecho escénico, asoma en los detalles, marca el territorio para que la platea y la crítica murmuren su apellido. El amor es otra cosa. Dicen.

El amor nos condena a la máxima libertad. Quién sabe qué hacer con esa maldición. Quién quiere decidir a cada hora, arriesgarse a cambiar, mover cielo y tierra para que las cosas respondan a un nuevo parámetro que nadie más comparte. Enamorada entiendo que mi amado merece la felicidad, aunque sea una que esté fuera de mis posibilidades. El amado hará cuanto pueda para alcanzarla y yo, amante al fin, si no puedo acompañarlo, consentiré. Es así como el amado nos deja su mejor regalo: la soledad iluminada por su paso. Una soledad donde todo es distinto, donde nada se parece al mundo conocido. Ni siquiera nosotros que, heridos, ojerosos y con diez kilos menos, seguimos en pie sin entender cómo.

El director asume su deseo y la terrible obligación de hacerse cargo creyendo que algo entiende, intuye, recordando haber estado ahí antes. El amor modifica. Nos destierra a un país donde las leyes burlan toda lógica y toda pretensión. Quien dirige teatro alberga la esperanza de mudarse a ese país para siempre. Pasar de un proyecto a otro, de un amor al siguiente. Pero, por supuesto, es imposible. Existen los fracasos y sus alrededores para que la soberbia reciba su lección y el amor descanse.

El amor no es un maestro, como no lo son los artistas a los que elegimos como estirpe. El maestro siempre tiene algo de inasumible. Se le admira, cita, evoca, pervierte y traiciona, pero nunca se digiere. Por eso volvemos a ellos cuando nos perdemos y por eso no los dejamos morir. Los reinventamos a nuestra imagen, humanizándolos con enfermedades, defectos y prejuicios a los que nos encaramamos para, un buen día, darles la mano o robarles el beso que jamás.

El amor y el teatro siempre son otra cosa. Algo más. La vida se nos va en el vano intento de definir su esencia para convertirlos en esa cosa amable que compartir con los amigos. “Me enamoré” y “Andá a ver esta obra”, sentencian con raíces parecidas. Lo que se diga después tratará inútilmente de que el otro vea a través de nuestros ojos y contemple el mundo nuevo que nos ha sido revelado fugazmente.

El amor es (también) todo lo que sucede en un ensayo. Ese tiempo inexacto, ese no-tiempo, donde la repetición no existe y la pausa está habitada. Ese paréntesis dentro de la vida donde el prodigio nos seduce de modo inesperado. Puede ser cualquier cosa: un dedo que señala el vacío, un tarareo, una mirada o esa frase que escuchamos de otro modo y que adquiere un sentido insospechado.  Cómo no concebir el ensayo como el territorio del amor cuando todo lo que acontece ahí violenta las leyes de este mundo: no hay tiempo ni economía sostenible, ni orden o exactitud preconcebida que amortigüe los golpes. No hay atajo ni clave. Afirma Kartun que cada problema técnico encuentra su solución poética y, qué otra cosa resulta ser el amor cuando se empeña, desborda y desmide el cotidiano obligándonos a ejercitar la duda, el interrogante como constante vital, cuando, una vez más, nos enfrentamos a la certeza de no tener idea de quién somos porque ese amor nos otorga la extraña virtud de sabernos distintos, capaces de hazañas impensadas. Por amor se cocina, se estudian disciplinas, se escriben libros, se renuevan lecturas, gustos musicales y hasta el paisaje mismo, si el amor es viajero y lo demanda.

El director, como el amante, está solo ante su objeto de deseo. Sin importar cuanta gente intervenga en la aventura, las muchas o pocas decisiones que logre tomar descansarán sobre su (in)consciente y a ellas volverá una y mil veces cuando la obra (y el amor) se acaben. Todo podría haber sido distinto y la sospecha de no haberlo hecho del mejor de los modos quizá sea lo que nos  empuje a los brazos de otro amor, de otra obra.


El amor y el teatro serán siempre dos misterios sobre los que toda certeza se marchita. Nuestra vida termina, pero el amor y el teatro se saben eternos. 


m.trigo