Nota al pie





Desestimo cada página por uso. Aburro hasta a las piedras. Pero mato callando. Mejor escribo entonces. Salvoconductos y licencias. Recetas para el salto. Cómo caer sin mérito, con gracia. Levantarse después si viene al caso. Ninguna prisa. El día es infinito. La paciencia se agota. La moral es aquel árbol de mafia mexicana a cuya sombra tantos duermen siesta. La vida se parece a una leyenda en braille que ya nadie traduce. Tengo un amor a rastras y otro encima. Hay tanta iniciativa deslumbrante, tanto sol de mediodía espantando a la sombra, que ya ni sé pedir. Puedo rezar o hacer llover con maestría milenaria. Va en sangre ese recurso. No se duda ni teme. El misterio se ejerce sin dar explicaciones. La nota al pie del día le sirve a los forenses. Pero con ellos vienen tantos otros. Somos punto de fuga donde el cuadro sintetiza siglos de buena fe y mejores manos. Podemos aspirar a ser un gran final. No se le niega a nadie un largo adiós ni una última llamada. Si no tiene amor propio se le asigna alguna vocación de eternidad. Con eso irá tirando. El fin de mes existe. Todo arde cuando llega. Vuele bajo. Por las dudas, el frío y vaya usted a saber cuánta vergüenza amaestrada. Cría usted lo que mama. Con suerte, lo vomita por reflejo y contradice el hecho o la verdad. Si tal blasfemia existe. Los guardianes del imperio no descansan. Destruyen mientras duermen porque sueñan lo mismo que amanecen. Esa es otra lección que usted y yo jamás aprenderemos. Quizá sea una suerte y salga cara. Querer a toda costa tiene un precio. También es un valor presupuestado en grandes ilusiones. Cuando diga mi vida, cuando insista en llamarlo criatura, cuando quiera y no sepa, cuando ni bajo el agua usted logre que calle, cuando al fin me deteste lo justo y necesario para arrancar del fondo las raíces, sabremos que el perdón es otro cuento que a nadie le conceden. Un paripé de extrañas circunstancias. Algo que otros obtienen. Curioso beneficio si termina en abrazo o en nombre tatuado en la cadera. A veces sucedemos de modo accidental. Somos la putapiedra en el camino malo. Aun así, alguien nos quiere. Porque a pisapapeles nos gana poca cosa. Quisiera ser capaz de convertir los hechos en una habitación donde volver. Un cuarto de pensión donde ser alguien que no tenga ni idea ni le importe. Alguien que sólo quiera que usted llame a la puerta a cualquier hora. Debe haber gente así. Podría describirla si me esfuerzo. Serían parecidos a los dobles de riesgo que salen en mis sueños. Reclaman atenciones y saludos como si una tuviera algo que ver. Usted debió quedarse de aquel lado del mundo donde el amor es cosa de los brindis y no encarna ni enquista. Pero llegó hasta acá y no se hizo costumbre. La inercia es un espanto que evitamos. Como la realidad y el buen sentido. No estamos para escasas tonterías. No tenemos razón ni la queremos. No hay herencia en el cuento. Si pudiera explicar cada prodigio no estaría dando cuerda a esta imbécil que transcribe.



m.trigo

Silencio ♯





El exterior fue un tiempo donde éramos posibles.
Un sindios y un sin mapa porque las ciudades
como los mandamientos
se cierran en banda con apenas dos puertas
o una mejor muralla.
Íbamos a llegar pero sin prisa
era buena la tela y el traje no era urgente
el invierno también era otra cosa
digna de atravesar
y en el silencio de la cámara anecoica
brindábamos con Cage y el señor Gould
sin sacarnos los guantes ni el abrigo
por eso de vivir
y palpitar idéntico a cualquiera
pero con nuestro ritmo y a deshora
y dentro de algún rothko
por supuesto.

Si hay piedad en el mundo lloverá
se afirmaba en el medio de todos los cigarros.
Eran tiempos acordes al escándalo
y el paso de los trenes derribaba inquietudes
y fronteras. Después de medianoche
el cuerpo es el mensaje o la botella
y la luz es la luz es la luz
fotosintética.







Ellos me consentían. Con sus buenos modales
el cuartero era unánime y discreto.
Mi pieza ya sobraba en ese entonces
aunque quedaba bien sobre cualquier piano
y eso explica mi amor
suelo decir
cuando algún demandante pide guerra
o interrumpe el silencio sostenido.


m.trigo

Fuelles del Sur




El mundo sabe cómo convertirnos en sombra, no sólo de lo que fuimos, sino de lo que alguna vez quisimos ser. Es una trampa donde se nos paraliza y silencia en la paradoja del vértigo ruidoso. Todo está a nuestro alcance, dicen, pero nada nos pertenece. Quizá el tiempo. Quizá sólo el tiempo. Si lo conquistamos, si aprendemos a llevarle el apunte, si nos detenemos a verlo pasar. Cuando lo logramos la vida se parece un poco menos al infierno patrocinado donde tanto nos perdemos. 





Llueve mientras vuelvo a casa después de pasar varias horas en el taller de Fuelles del Sur, lutería de Parque Patricios donde Emmanuel Occhipinti y Pablo Ezequiel Lepiane trabajan hace cinco años contra el tiempo. De lunes a viernes durante ocho horas sus manos limpian, cortan, lijan, pegan y acarician de mil y una maneras bandoneones. Llego a ellos (con)movida por la rotunda belleza de un instrumento del que apenas sé nada pero cuyo sonido identifico como una traducción de alguna intimidad indescriptible. Me sé imantada por el objeto en sí, donde no puedo evitar ver un libro cerrado al que el aire hace hablar. Hace rato que quiero observar uno, contemplarlo de cerca, darle vueltas. Entenderlo como si así el prodigio de su sonido inmenso fuera a ser más cercano.






El taller es amplio y luminoso. Reina un orden práctico donde todo está a la vista. Escribir “todo” es una manera de disimular mi ignorancia sobre los nombres de herramientas, materiales y piezas que observo. Me sé privilegiada, invitada a un espacio íntimo de trabajo donde el tiempo es otro. El oficio de luthier, intuyo desde siempre, viene definido por la fascinación por el instrumento. Fascinación que no tarda en convertirse en un entendimiento singular de las infinitas posibilidades que descansan en el alma de ese objeto, un ser de naturaleza inanimada destinado a dar vida. 

Deduzco que el amor en esa relación es inevitable. Es lo que hace posible las largas jornadas de gestos precisos y repetidos. Lo artesanal atenta contra el sistema de producción invasivo y voraz que nos acosa. Es imposible no reflexionar en voz alta sobre qué implica la mano de obra humana en el proceso de afinación, arreglo o creación de un instrumento nuevo. Subrayo la evidencia de que no hay dos iguales y de que cada pieza se realiza en casa. Sí, en Europa, allá lejos, hay fábricas donde obtener muchas de esas piezas confeccionadas, pero estamos acá, al sur, en Fuelles del Sur. 

El bandoneón supo llegar desde Alemania a Argentina y Uruguay con los inmigrantes a fines del s.XIX. El instrumento que nació como órgano portátil para la evangelización, se convirtió al otro lado del Atlántico en el sonido vertebral del tango. Descubro que aunque se siguen fabricando hay devoción por los originales que han sobrevivido pasando de mano en mano entre los intérpretes.





A lo largo de la tarde me familiarizo con sus singulares entrañas. Descubro que en su interior hay lengüetas remachadas a un peine que funciona con la aparente sencillez de una armónica, que existen distintas máquinas y que las botoneras destilan graves en la mano izquierda y agudos en la derecha. El "fueye" que tanto me embelesa es de cartón. Cada pieza es liviana y de apariencia simple, sin embargo, su disposición final en el conjunto genera esa criatura sublime, una especie en extinción cuyo latido habla el raro idioma de la nostalgia.

Mientras los mates y las horas pasan trato de imaginar cinco años en ese taller, cinco años de instrumentos heridos que volvieron a sus dueños en las mejores condiciones para seguir sonando. Los arreglos son inevitables, pero los clientes rara vez vuelven con un mismo problema. El uso modifica al instrumento, las piezas deben cambiarse sin alterar la esencia. Luchamos contra la velocidad del tiempo y, en ocasiones, tenemos el privilegio de involucrarnos con la historia escrita en los objetos. La memoria de un instrumento siempre es emocionante. Saber que ese sonido que hoy nos llega viene de lejos y de antes. Saber que seguirá sonando tanto tiempo después.



Vine a Fuelles del Sur buscando preguntas nuevas sobre la creación y las formas de trabajo. Tengo la certeza de que lo inefable no puede enseñarse pero sí, humildemente, compartirse. Todo ámbito creativo ofrece sus interrogantes con generosidad, nuestra tarea no es otra que seguir cosechando inquietudes. 

La canción del año







Sentada en marzo sigo preguntándome de qué color tiene los ojos este año. Está ahí, duerme y se agita con pesadillas heredadas. Lo observo pero no me animo a tomarlo en brazos. Ya  encontrarán valor para ponerle un nombre. No puede haber año sin alguna alegría que raspar. Este también dará sus frutos, dejará caer causas, consecuencias. Nos dejará imprevistos en la puerta y hasta inquietudes nuevas en la noche. Pero le desconfío. Contemplo sus manitos apretadas y veo una amenaza. Escucho su tic tac almibarado aún y recuerdo a los muertos que trajo su llegada. No es inocente el año, pobrecito. No nacen años buenos. No es su culpa, me digo. La fuerza bruta de la costumbre, la humanidad y su barbarie dominical matizan demasiado. Qué puede hacer un año contra tanto. Es tan ridícula la esperanza volcada sobre esta criatura. Ni siquiera trajo su pan bajo el brazo. Tendrá hambre como todos y se echará a llorar. De nuevo sacrificaremos ideales, postergaremos sueños y le entregaremos la sangre de los unos y otras, sólo para que calle, siga y pase.

Es difícil saberlo, pero diría que será un año lento, un poco torpe. Va a tardar en andar y hablará alguna lengua ya olvidada. No le será sencillo mantenernos en pie. Por eso la soberbia se le huele. La marca de la frente no se le irá del todo. Su risa será extraña. Si se le ocurre amar, será un malentendido. Va a sentirse maldito y especial. Se pensará importante sin darse nunca cuenta de que atrasa, de que es un año viejo, repetido, encarna lo peor de algunos ya pasados y es también un suspiro del final de los tiempos. No nace un año bueno, pobrecito.

Es domingo y temprano. Marzo recién comienza. Me pregunto si cantarle serviría y qué nana inventar. Debe ser dulce pero cierta. Quizá meterle miedo entre los huesos no sea mala idea. La canción puede hablar de la sombra, del terror del jinete que deja atrás un pueblo abandonado. La canción puede servir, puede explicar lo que nunca me atreveré a decir.

El año duerme. Aún respira profundo. No subo la persiana. Abandono la pieza para buscar el nuevo tarareo. En la puerta sus padres, jovencísimos, tomados de la mano, me sonríen. No van a preguntar lo que ya saben. Él preparó café. Lo sirve en el jardín. Nadie quiere hacer ruido.



m.trigo



Kasandra







"Ya sólo teníamos que esperar, con los sentidos abiertos como brazos abiertos, a que llegara el futuro con toda la belleza de la poesía. Y esperamos, esperamos. Esperamos." 






Podíamos pensar que el día de mañana sería una gran fiesta. De despedida. 
Única. 
La mejor de las formas y los fondos, 
el mejor escenario para decir adiós con una sonrisa 
a la medida de las circunstancias. 
Una sonrisa dispuesta a crecer dentro de un recuerdo 
que tocaría puerta en la próxima tormenta 
sólo por joder. 

Pero también podíamos asomarnos al abismo de los días por venir 
sin exigir la autopsia.
Andábamos con las plumas tiernas, empapadas en tinta, 
salpicando los mapas para que fueran otros y el destino distrajera su llegada. 

No era cuestión de fe. La fe jugaba en partidos perdidos de antemano. 
No era cuestión de suerte. En la carpa del circo el azar no prospera. 
Nuestro origen causal descansa entre las vértebras, 
allá atrás, 
en la nuca de los sueños, en el retrovisor de la nocturnidad sin alevosía
donde el lenguaje es río que nos lleva. 

Podíamos anunciar el final de los tiempos cuando la orquesta 
amansara a las fieras 
y el mundo se llenara de libélulas. 
El bisturí de la duda cortaría por lo sano la infame tontería 
y más de un hijo de vecino iba a llorar cuando el rayo azul nos partiera en dos 
y triunfara una vez más la naturaleza cuántica. 

Queríamos y no que la noche fuera eterna como maldición gitana. 

Nadie estaba nervioso pero las hormigas se afanaban como nunca 
y el aire disputaba los sombreros con su risa sin dientes
mientras nos contemplábamos de lejos como niños de parque moscovita. 

El oficio de la magia era otra cosa, dicen. 
Como el amor, recuerdan quienes pueden. 

Íbamos a tomar nuestros apuntes sobre la expectativa sin sacar conclusiones. 

Nuestro jefe de pista más amado y antiguo 
nos llena los bolsillos de imprudencia. 

No hay vacío posible para el salto. 

El salto es el viaje, afirma mientras marca los primeros compases 
para la ceremonia
del Olvido Mayúsculo y su gran compañía de atardeceres patrios. 



m.trigo


Poesía & Teatro en Timbre 4



Amamos la poesía, su quehacer de ola, su omnipresencia en todo. El mundo, o quizá apenas la vida, es un poema. Pero también tememos a la poesía. Mejor dicho, tememos lo que somos capaces de hacer con ella o en su nombre. Los peores poemas se escriben por amor o ideología. O será que se escriben bajo los efectos secundarios del amor y las ideas. Sea como fuere la poesía, los poetas y, sobre todo, los recitales de poesía, meten miedo. El miedo del aburrimiento se nos mete en el cuerpo apenas se menciona un evento lírico. Hay honrosas excepciones y esas nos animan, después de cierta distancia prudencial, a volver cualquier noche a una lectura. Somos poetas, es lo nuestro, la tribu maldita es esa, una familia de la que avergonzarse como cualquier otra. También es cierto que cada tanto nos llevamos una sorpresa. Una voz nueva, un verso disparado como bala de plata entre nuestras costillas que molestará de ahí en más... Los buenos poemas sobreviven a los peores lectores. Después de todo los poetas, aunque disimulen, son personas. Algunos incluso son personas jodidas, malas, de esas que no le caen bien ni a su editor. Otros, faltaría más, son dechados insobornables de virtudes que cosechan premios y aplausos donde vayan. Y están los que ejercen porque no pueden no hacerlo, les sale así. Quisieran apilar las palabras de otra forma y convencer a alguien de que aquello es otra cosa, no un poemita inútil medio trasto que se entiende a medias cuando no debería entenderse ni un poquito… Hay de todo en la viña. 

Recomendar cualquier cosa hecha con poesía es arriesgado, pero alguien tiene que hacerlo. Pequeña Voz, Teatro hecho con Poesía, se presenta en esta segunda edición como un proyecto de largo alcance, dos semanas de actividades donde habrá obras generadas con la masa madre de ocho poemarios, performances, presentación de un nuevo ciclo de lecturas, charlas y un show musical. El año pasado presenciamos la semilla de esta iniciativa y ya entonces palpitaba la potencialidad del curioso imposible. Cientos de personas se amontonaban en una sala para disfrutar de las piezas breves fruto de la experimentación colectiva. Aquella estrategia de deseos combinados creció y un año después desembarca en Timbre 4 con un equipo creativo prometedor y sugerente, coordinado por Mariana Mazover y Sebástián Romero

Serán días de múltiples estrenos: nuevos trabajos de Jorge Eiro, Santiago Gobernori, Maruja Bustamante y Vitoria Roland, entre otros. También será la ocasión para reencontrarse con dos exquisiteces: Todo Piola, de Gustavo Tarrío sobre textos de Mariano Blatt, sin duda, uno de los imperdibles del programa, y el espectáculo de inauguración, Pantomima de Amor de la Orquesta Espantapájaros, donde se ponen en escena poemas de Cortázar, Girondo y Bustriazo con la vitalidad y el humor que demandan gracias al raro talento de Nicolás Blum para habitarlos sin artificiosas solemnidades. El entramado de los textos es una música original compuesta para un magnífico conjunto de intérpretes. Un hilo conductor festivo y exótico que evoca la sonoridad del maravilloso mundo ambulante de las ferias circenses.

Sobran los motivos para darse una vuelta por este festival y reconciliarse con la maldita poesía.




Pequeña Voz | El Festival
Dos semanas de experimentación, diálogo y riña entre Teatro y Poesía en Timbre 4
del 19 al 28 de febrero

Idea y curaduría: Mariana Mazover
Producción general: Pequeña Voz + Timbre 4
Coordinación de Producción: Sebastián Romero
Fotografía: Bruno Basile
Coordinación Lecturas: Mon Brgatello
Cronistas invitados: Marie Gouiric, Horacio Fiebelkorn, Gael Policano Rossi, Jaqueline Golbert, Barby Medici y Esteban Castromán
Diseño gráfico: CHACO

Teatro Timbre 4
México 3554 | CABA

Yo tenía un plan








La vida que podemos recordar no es la que tuvimos. Los momentos que elegimos o logramos rescatar del arsenal de la memoria no son los que necesariamente nos definen o nos trajeron hasta este incierto presente que mañana mismo será material de nuevos recuerdos u olvidos. Partiendo de estas premisas vitales el equipo creativo de Yo tenía un plan se sumergió durante un año en un proceso de investigación destinado a diseccionar la vida de sus protagonistas, el dúo formado por Emilia Rebottaro y Juan Zuluaga. 

El resultado es un viaje por y hacia su intimidad. Una intimidad que se abre y expone con humor y mucha generosidad. ¿Qué pueden compartir un muchacho nacido en un pueblo colombiano y una chica que creció caminando descalza por las calles de tierra de un pueblo de setecientos habitantes del interior de Argentina? Para empezar la singularidad de una vocación actoral tan precoz como inconsciente. Los personajes, ese desdoble de ellos mismos a los que conocemos, diseccionan algunas claves su trabajo mientras se interrogan sobre su vida en la obra, es decir, sobre cómo fue qué llegaron a esa noche de función. El orden de los acontecimientos puede juzgarse azaroso pero también sistemático. El relato, nuestra necesidad imperiosa de relatarnos, de dotarnos de coherencia progresiva, les permite rescatar insignificancias que el tiempo convirtió en encrucijadas: una llamada de teléfono decisiva, un viaje, conocer a alguien en la calle, ver una función, asistir a una clase… Nunca sabemos qué será eso que altere para siempre el curso de nuestra vida.

La dirección de Mónica Acevedo y María García de Oteyza, apuesta por la organicidad del trabajo actoral y genera un espacio funcional sin artificios. Las fotos, audios y videos comentados abren una ventana testimonial hacia un pasado que no parece tan lejano. Un pasado aún no escrito al que nos asomamos como observadores y desde el que nos interpelan. El presente inmediato, la función, adquiere una fugacidad consciente donde se subraya la fragilidad de lo escénico. Nos recuerdan que esto que hoy compartimos es un texto fruto de una larga búsqueda donde nada estuvo claro, el texto podría haber sido otro muy distinto; nos desafían a creer en un juego de improvisación y nos hacen cómplices de emociones inesperadas donde se impone el pensamiento vivo, esa sutil alquimia que siembra la duda y abre una posible herida en toda obra.

¿Cuándo decidimos convertirnos en esto que hoy somos? ¿Existe realmente esa instancia, ese momento de revelación que nos cambia para siempre?

Yo tenía un plan se burla desde el título de nuestro puñadito de certezas y nuestra necesidad de controlar el argumento que escribimos a diario. Lo hace apostando por el altísimo valor de la voz propia y de la anécdota. Nada es más original que uno mismo. El hecho teatral se nos ofrece como punto de encuentro, intercambio y reflexión. Zuluaga y Rebottaro juegan a ser ellos mismos sabiendo que el teatro les permite ser todos y todo cuanto deseen.


Yo tenía un plan

Ficha técnica
Texto: Mónica Acevedo, María García de Oteyza, Emilia Rebottaro, Juan Zuluaga Bolívar. 
Actúan: Emilia Rebottaro, Juan Zuluaga. 
Diseño de afiche: Ángela León.
Dirección: Mónica Acevedo, María García de Oteyza

Viernes de marzo a las 21.30h. 
Timbre 4. 

Boedo 640


Plan B







Nunca entró en sus planes resistir tanto. Se suponía que cualquier desgracia se los llevaría puestos. No eran afortunados, llegaron a este mundo sin que nadie los buscara o esperase y habían cimentado esa consistencia accidental. Apenas estaban ahí, al borde de las cosas, lo bastante cerca para verlas, entender unas, envidiar otras, pero no tanto como para ser parte. Nunca lograron camuflarse en el paisaje como otros animales heridos.

**

Tampoco se reprodujeron. No querían más tristes en el mundo. Contribuían a la extinción de la especie del mejor de los modos. Se daban besos por eso. Era lo único inteligente que habían hecho, se decían cuando se juntaban en los parques para despreciar niños ajenos. Los veían jugar y detectaban la fragilidad de sus cuerpos. Olían el terror ante cualquier caída o golpe inesperado. Alcanzaba un corte con un vidrio enterrado en la arena para que alguna madre perdiera la cabeza. Nunca se sabe qué precio está dispuesto a pagar alguien por su cuota de normalidad en tiempos en los que todo es anormal.

La gente hacía lo que podía para adaptarse a la violencia de los acontecimientos en las calles y en los medios de incomunicación. La marea de despropósitos se había convertido en un flujo constante. Las últimas generaciones habían nacido en ese estado de excepción y era imposible tratar de explicarles cómo era antes. Antes. Cuando aún había tiempo y ellos eran jóvenes, tantísimo, que la edad que ahora tenían y esos cuerpos grotescos que se deformaban un poco cada hora, no eran siquiera concebibles.

En aquel antes habían planeado estar muertos a esta altura. Era lo que correspondía a sus aspiraciones de pasar a la historia del arte convertidos en un nombre inolvidable. Esa certeza los arrastró a las ciudades donde por primera vez sus heridas les pertenecían y podían elegir cuándo y porqué llorar.

**

Durante años deambularon por ahí formando parte del batallón de ilegales y estadística que busca una oportunidad para su raro talento. Eran cientos de miles. Millones en el mundo quizá. Se reconocían de lejos, se saludaban apenas, se espiaban a veces durante años, convencidos de que el otro, él, ella, entraría en sus sueños y arrebataría sus ideas. Algunos decidían agruparse en bandadas. Compartían razones para seguir en pie. Se prestaban ropa, calzado, cocinaban para todos, tatuaban sus nombres sobre piel ajena, ahorraban las limosnas para emprender viajes, se leían poemas en voz alta o posaban desnudos mientras otros pintaban, sacaban fotos o teorizaban sobre la belleza de una civilización perdida. Las bandadas se articulaban con una organicidad pasmosa y se desintegraban de la misma forma por los motivos más insospechados. Iban y venían por las grandes ciudades como si su incómoda existencia fuera una misión, como si algo dependiera de ellos, pero lo cierto es que había que hacer grandes esfuerzos para recordarlos y, más temprano que tarde, volaban en solitario y nadie volvía a saber de ellos.

**

Los nuevos adultos eran críos asustados que se disfrazaban de lo que podían para pasar desapercibidos mientras esperaban la muerte.

Al parecer había otras posibilidades. Seres afortunados, bendecidos con incontables parabienes, que consideraban tener su merecido. Quizá fueran sólo otra leyenda urbana. Como los ángeles de la guarda de los callejones o el francotirador de los amantes.

No podían saberlo. Ellos no se relacionaban demasiado. Seguían juntos porque él tenía las balas y ella la pistola. Ese era su plan B. La única certeza capaz de reconfortarlos. Algunas noches contemplaban el arma descargada con el mismo amor con el que otros, los otros, observaban a sus mascotas o crías. Se turnaban para acariciarla y para sostener su frío metal entre las manos hasta que se calentaba. Les gustaba el modo en que sus dedos ceñían el metal negro. Se apuntaban en silencio entre las cejas y sonreían. Apoyaban el cañón frío contra la sien del otro y suspiraban aliviados. Ya no discutían sobre quién dispararía o cómo. Sabían que llegado el momento todo sería posible. No les gustaba adelantar acontecimientos.





m.trigo

"Lo propio es la poesía"






Los libros que nos acompañan e iluminan nunca se cierran del todo. Son esa ventana, puerta, umbral que nos espera mientras el tiempo los cambia. Los libros trabajan a su singularísimo modo y saben convertirse en lo necesario en el momento justo. No los buscamos, llegan. Los lectores lo sabemos y por eso no desesperamos cuando pasa un tiempo sin que un libro nos atrape. Cuando se lee por necesidad, porque el cuerpo quiere más y pide guerra, porque las páginas cortan por lo sano con el día y nosotros, no sólo se lee, se vive. De una forma tan otra que no merece la pena tratar de explicarlo. 

Natalia Romero ha sabido convertir esas certezas en un modo de ser y estar en el mundo. 

“La escritura fue y sigue siendo la única manera de llegar a mi hondura, a mi intimidad. En ese encuentro hay un pasaje que tiene que ver con lo que no se controla. Con los sorprendente. Lo desprendido, lo libre.”

Su conciencia del valor de la palabra escrita y de la poesía como un alambique donde obtener eso que no se sabe buscado hasta que se encuentra, guían el impulso tan académico como vital de El otro lado de las cosas. La poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi. En menos de cien páginas la autora proporciona no sólo un análisis donde confluyen las pertinentes referencias de su marco teórico – Simone de Beauvoir, Clarice Lispector, Hélène Cixous, Judith Butler, Lourdes Benería, Lucy Irigaray, entre otras – sino algo más importante: semillas. El libro está concebido no como un alarde de desempeño teórico, sino como un jardín lleno de ideas a cuya sombra se nos invita a sentarnos. 

El núcleo del ensayo es una entrevista con la propia Bellessi, un encuentro de domingo con asado y perros dando vueltas, que transcurre en una cocina, lejos de toda pretensión de pompa y muy cerca de ese “otro lado de las cosas” que ambas habitan en la escritura. 

Ante el interrogante de si la teoría queer podría estar presente en su poesía sin enunciarse, Bellessi responde: “No, no creo. Estoy más cerca de la gente de clase baja que no piensa en nada de estas cosas. Coger, comer, cuidar a los niños. La vida es eso. Nada que ver con las teorías. Pasé por mi período de militancia lesbiana feminista y cuando me acuerdo me muero de aburrimiento. La traje de Nueva York para acá y no había nadie con quien hablar, hasta los 80 en que escribí algunos textos que vos habrás visto que están enmarcados por esto. Es parte de mi recorrido. ¿Pero no es esto mucho más humano? Esto, estar acá en la casa con el Sebastián, con los perros, los bichos.”

Con idéntica rotundidad afirma que el hombre se comió a la mujer “durante toda la historia de la humanidad escrita.” 

Subraya Romero la importancia de la poesía como encuentro. Encuentro, en primer lugar, con la propia voz como “única posibilidad de comienzo”, pero encuentro también con lo ajeno asumido como propio. 

Quizá sólo eso sea la literatura, la continuidad de una voz heredada que integramos hasta. Esa voz capaz de observar el mundo para ver aquello que (no) fue, lo que debería ser y lo que en sueños o pesadillas, termina(rá) siendo.

Romero habla de la restauración de la voz femenina en la misma línea que Alicia Genovese desarrolla en La doble voz, esa existencia que resiste doblegada bajo el peso de los determinantes ideológicos, sociales y culturales, y que en la literatura adquiere una entidad renovada donde recupera el sentido, no tanto perdido, como silenciado.

“En el detalle de lo ignorado titila lo que guarda sentido verdadero.”

La poesía se ejerce y disfruta como un ámbito de resistencia y (re)construcción. Un tiempo y un espacio donde detenerse y discernir que todas las lecciones están por darse. Nada termina de ser dicho. Mucho menos escrito.

“Lo que hay que superar es el anclaje de un sistema semiótico”, afirma la autora al referirse a la construcción de género, pero bien podemos prestarle ese deseo de superación a la inmensa mayoría de los ámbitos que nos rodean. El desempeño artístico se vería muy beneficiado.

Natalia Romero logra mucho más que una aproximación a la figura de Bellessi, la poeta es una excusa-madre, generadora y nutriente, en cuya compañía pueden explorarse los aspectos vitales de la escritura, entendiendo ese quehacer como una conquista cotidiana, una campaña heroica que nunca termina ni se gana. Una lucha constante en dos frentes: la búsqueda de la voz propia y su salida a un mundo empeñado en silenciarnos. Lo emocionante de su propuesta es la calidez que palpita entre líneas asegurándonos que no hay necesidad de emprender esas batallas en soledad. 

“Aceptar al otro es devolverse a uno lo propio.”


m.trigo




El otro lado de las cosas. La poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi
Natalia Romero. Ed. Título. Recursos Editoriales. Buenos Aires, 2017.